Hace algunas semanas gozaba de un lujo que pocos pueden permitirse en el diario vivir de la capital; me permitía ir SENTADO en el alimentador rumbo al portal tunal. Escuchaba música mientras contemplaba la ordinaria batalla de los colados que se bajan y los usuarios que luchan por abrirse paso en medio de empujones y apretones. Trabajosamente un diligente joven subió por la puerta de en medio y, con guitarra en mano, superó el atoramiento humano para ubicarse en la mitad alta del alimentador. Alzó la voz, reclamando atención, y se presentó: su nombre era José Ignacio, oriundo de Táchira, Venezuela, había abandonado su país huyendo del hambre y la miseria. En su país había cursado tres semestres de música, para luego huir de ese inmaduro que se autoproclama presidente. Desesperado por su contexto y sin muchas posibilidades, se aventuró a venir a Colombia sin un rumbo fijo, con la única esperanza de una mejor calidad de vida. Ahora sí tenía mi atención, cómo no prestársela a ese verr...
Opiniones críticas sobre la agenda política del país, cuentos, escritos y ensayos sobre los temas de actualidad.