Ay, corazón! Tu rostro se difumina cada vez más. No puedo verte con claridad, y tus recuerdos me resultan poco a poco más imprecisos. ¿Acaso es esto el olvido? Me niego a creer que tan anhelado acto se reduzca a no poder contar tus lunares en mi mente como solía hacerlo cuando empecé a sentir que la vida se me caía a pedazos por la ausencia tuya. El olvido debe ser más, lo sé. Espero que lo sea. Porque si se reduce a la incapacidad de recordarte con la inmensa precisión con la que tu imagen me asaltaba al inicio, tendré que aprender a convivir, eternamente, con el dolor que dejaste en mis labios. ¿De que sirve olvidar los detalles si la escencia sigue clavada en el pecho? ¿Está clavada en el pecho, primero que todo? En medio de las florituras literarias no hemos podido aceptar que el amor no es más que una reacción química (cerebral, por demás) y el desamor, por consiguiente, el síndrome de abstinencia. No eres mi amor, en todo caso: eres quien me lo produjo, y esto explica por qué no...
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