Ay, corazón! Tu rostro se difumina cada vez más. No puedo verte con claridad, y tus recuerdos me resultan poco a poco más imprecisos. ¿Acaso es esto el olvido? Me niego a creer que tan anhelado acto se reduzca a no poder contar tus lunares en mi mente como solía hacerlo cuando empecé a sentir que la vida se me caía a pedazos por la ausencia tuya. El olvido debe ser más, lo sé. Espero que lo sea. Porque si se reduce a la incapacidad de recordarte con la inmensa precisión con la que tu imagen me asaltaba al inicio, tendré que aprender a convivir, eternamente, con el dolor que dejaste en mis labios. ¿De que sirve olvidar los detalles si la escencia sigue clavada en el pecho? ¿Está clavada en el pecho, primero que todo? En medio de las florituras literarias no hemos podido aceptar que el amor no es más que una reacción química (cerebral, por demás) y el desamor, por consiguiente, el síndrome de abstinencia. No eres mi amor, en todo caso: eres quien me lo produjo, y esto explica por qué no puedo odiarte: No se odia el alcohol, se odia el guayabo. No se odia la marihuana, se odia el mal viaje. Al final, cuando todo mejora, estamos dispuestos a volver a hacer aquello que nos generó placer, por mucho riesgo que corramos. Así es, igualmente, el amor. No puedo odiarte por haber sido mi droga. Sería tan estúpido como decir que no volvería a probarla. Aquellos que, en su despecho, juran no volverse a enamorar, son o mentirosos o cobardes. Dios me libre de ser cualquiera: El amor, cómo la revolución, no es para los tibios.
Esta incapacidad de odiarte aunque quisiera me da, en el fondo, mucha paz. Esa será, en últimas, mi victoria: porque entre todas las cosas que quisiste matar, sobrevivieron mis ganas de amar. Y aunque hoy me oculte del mundo y parezca derrotado, he de sanar para volver y dar la pelea. Solo entonces, amor mío, habré vencido. Porque el olvido, más que el final, es un renacimiento.
Por: Alejandro Muñoz

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