Conocer a alguien siempre presupone enfrentarnos de una u otra manera a nuestros miedos e inseguridades, a experimentar nuestras habilidades sociales y dar a conocernos tal como somos, incluso un poquito más llamativos o interesantes, porque no. Tras iniciar una conversación con un desconocido y poner en práctica nuestras tácticas, se hacen preguntas sobre todo a son de mantener la conversación viva, y al mismo tiempo se analiza todo lo que nuestro cuerpo también intenta decir consciente o inconscientemente, algunos gestos, miradas o risas nerviosas dan pie para que con cierta curiosidad pregunten a manera de eufemismo "¿Que te gusta?" y tú responder pretendiendo no comprender la pregunta, mientras insisten y van al grano para saber si eres gay o bisexual. Puedes responder con total tranquilidad esta pregunta, en caso que lo seas, afirmativamente.
Pero muy rara vez las preguntas o condescendencia se detienen allí, y desde la última vez que viví esta experiencia ha resonado en mi cabeza un "Tranquilo que no se te nota". Es una frase que para algunos puede significar alivio, pero para otros carece de todo sentido y resulta incluso ofensiva. Que se me tiene que notar, hay características definitorias para pasarlo a uno por un scanner y que dé como resultado definitivo la orientación sexual indicada para cada persona. Incluso en la ciudad más grande de Colombia y en la Universidad más multicultural y diversa que existe, estamos expuestos a situaciones que lejos de ser terribles, evidencian la fuerza que todavía tiene el imaginario machista dentro de muchos de nosotros, y estos micromachismos de los que no somos conscientes muchas veces, nos ponen a pensar si habrá manera de erradicarlos.
"No se te nota, si no me dices no me doy cuenta", "se te nota, botas demasiada pluma", "la bisexualidad no existe, en realidad eres gay", "quién es el hombre y quién es la mujer", "te puedo decir marica, pero sin ofender" y la pero de todas "yo los tolero, pero no me vaya a caer". Pero más allá de leer estas expresiones desde la posición de quien la contesta, esta la normalización por parte de nosotros de este tipo de comportamientos, como si nuestra vida sexual y afectiva debiera estar al escrutinio público, o que incluso debiéramos disculparnos por ser nosotros mismos, estamos obligados a vivir tras una telepantalla que controla cada uno de nuestros movimientos y palabras para no hacer sentir incómodo a nadie ni mucho menos ofender cual novela orwelliana. Ser gay, lesbiana o bisexual es difícil, y ni hablar del tortuoso camino por qué el que tiene que transitar transgéneros y transexuales.
Por más progresista y moderna que sea nuestra sociedad, y se haya avanzado muchísimo en materia de derechos y protección, vamos descubriendo necesidades que antes de ser tolerados no eran apremiantes. Poder besar a mi pareja al despedirme en la estación de TransMilenio, bailar con él un jueves de Freud o incluso acostarnos a dormir en los pastos de La Playita son avances enormes los cuales no deberían sorprenderme puesto que así debería ser el mundo, y hacen a la Universidad Nacional cada vez más mi hogar. Pero enfrentarme a salir del clóset cada vez que conozco a alguien dentro o fuera de la universidad es un proceso cargado con ansiedad y miedo que no le deseo a nadie, y más enfrentarse a preguntas que pecan por ingenuas o quizá en realidad busquen ofender, es aún peor.
Decía en las paredes de la facultad de Derecho, "lo gay no te quita lo macho" y esa frase me llega hasta los huesos y la puedo sentir ahora más que nunca. No se trata de que estemos exentos de ser machistas por ser homosexuales o bisexuales, porque así como lo hemos luchado y seguiremos, somos simplemente personas que pueden tener cualquier tipo de ideología y pensamientos, y que lejos de ser una masa uniforme, se presenta de la forma más variada posible. Y, aún con eso, esta sociedad heteropatriarcal (palabra que muchos están cansados de escuchar, pero no hay otra manera de describir), ha hecho tan bien el trabajo de sostenerse que los oprimidos se sienten culpables de su opresión, y que involuntariamente perpetúen estos patrones de microviolencias.
Pueden decir lo que quieran, que nunca estamos conformes con nada, que queremos imponernos, incluso pueden usar la llave maestra hasta de pensar en los niños, pero no nos callaremos ni dejaremos de luchar hasta la igualdad plena, donde no haya distinciones, donde no haya miedos ni disculpas, donde realmente el amor sea amor, pero no únicamente entre dos hombres o dos mujeres, sino que el amor sea puro y genuino desde nosotros mismos y no se quede en un bonito eslogan.
Por: Carlos Alfonso
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