<<No he podido dormir en días pensando en que fui el puente entre la señora y la muerte>>, comentó. Añadió como epílogo que la culpa lo carcomía porque siempre recordaba que, luego de pagarle el servicio y antes de abandonar el auto, ella le había dicho que ésta era la tercera y última vez que iba a apostar. Su culpa era la más clásica e irracional de las culpas, la que uno se hecha por no haber sabido el desenlace del futuro antes de haber tomado las decisiones previas a lo trágico, aparentemente simples pero mortales. Agarramos el último semáforo antes del casino en rojo. En el tiempo de espera por la luz verde él acabó el cigarro y me agradeció el haberlo escuchado sin juzgarlo. El semáforo dio el paso y él aparcó el taxi en la esquina y no en la entrada principal del casino. Asumí que era una señal de que no quería transmitirme el mal augurio que le había dejado a la difunta de su cuento, cuyo último lecho había sido el tapete tendido sobre la acera gris que dirigía a la única puerta del casino, giratoria y polarizada. Oprimió el taxímetro y apareció el 55 en color rojo y tipografía digital. Me cobró una carrera de cuarenta unidades, quizás un descuento por lo ameno que le había resultado el viaje o a modo de compensación por la preocupación que me había trasladado con ese cuento tan duro, sabiendo que yo era cliente nuevo del casino, por el miedo que me había inyectado la anécdota de un suicidio reciente en mi lugar de desembarque.
Pasé por la puerta como quien entra a su casa. Nadie me dijo nada. Una camarera me sonrió y ya. Nadie tenía la intención de darme una guía. Es una sensación similar a la que se vive cuando uno entra a un cementerio sin intención de ir a rezarle a algún puñado de huesos a dos metros bajo tierra. Nadie nunca indica qué hacer en un cementerio, uno solo entra y hace lo que vaya a hacer. Creí que la iluminación estaría un poco abajo, pues ya eran más de las diez de la noche. Pero no, el lugar estaba iluminado hasta los tuétanos, tal como un hospital, nunca bajan o suben la intensidad de la luz. Bueno, aquí la intensidad era mucho más profunda, todo tenía luces de colores y pantallas que mostraban al arlequín bailando sin cesar y arrojando calderos de oro al aire. No sabía hacia dónde apuntar la mirada, eran muchos números, muchas animaciones, demasiadas campanas y signos de dinero en el aire. Después de cinco minutos de estar asimilando lo diferente que era el lugar, vi a dos empleados de la revista en la ruleta. Eran los encargados de la sección judicial, ambos muy amigos entre sí. Caminé hacia ellos esperando dos sonrisas como la de la camarera pero no notaron mi presencia. Me quité la gorra frente a ellos y no me veían. Me quité las gafas oscuras, nada. Tenían la mirada anclada a ese tablero giratorio de rojos y negros. Procuré quedarme mirando también, a ver si lucía tan fascinante como en el comercial.
No le encontré gracia alguna. La canica de madera clara aterrizó en un número negro que hoy no conmemoro. Lo que sí sé es que no cayó en el número al que le habían apostado. Cuando el aparato cesó sus giros giré la vista al tablero y vi cómo el crupier de la mesa se llevaba las veinte fichas apiladas en el número 0. Miré sus caras y ahí sí me reconocieron de inmediato. Me dieron un apretón de manos muy protocolario, como los que se dan en la empresa, no más. Definitivamente no querían liberar la relación tan cansona que se tiene entre conocidos. Fui a la caja y cambié los quince pesos que me había ahorrado de la carrera en fichas. Me dieron tres fichas de cinco. Me devolví a la mesa y las puse todas sobre el tres rojo. El tres era un número bonito. Era el segundo impar, positivo y entero. No era el número uno, entonces no tenía mucha fama. Además muchas cosas se componen del tres. Los triángulos, el cinturón de Orión, las pirámides de Guiza, las medallas, el Estado y los tréboles, de la suerte además. Antes de pensar alguna otra excusa para perder mi dinero vi que había caído el once negro. El once. El número que tanto me perseguía por mi fecha de nacimiento. Que idiota, ese era el número al que le tenía que meter. Vi como el empleado encargado de la ruleta se llevaba mis quince pesos. Así, en diez segundos los había perdido. Si iba a divertirme tenía que pagar más, es la lógica del entretenimiento. Abrí la billetera y vi ciento cincuenta pesos. Fui a cambiar cien y empecé a darle al once y al tres hasta que no tuviera fichas. Cada que el número que elegía no volvía a caer me daba cuenta de algo peculiar del casino. La primera vez mire al cielo buscando la respuesta de mi pérdida y me di cuenta que tenía muchas cámaras. La segunda vez abrí los brazos en seña de descontento y no sentí el peso de mi reloj. Revise y efectivamente no estaba, lo había dejado en casa. Traté de buscar un reloj de pared y no lo encontré, pedí la hora al croupier y me dijo que si jefe había prohibido darla. La tercera le aposté solo al tres y salió el once. Me emputé y me ofrecieron un vaso de whisky, sin pedirlo. A la cuarta me di cuenta que no me lo habían cobrado. A la quinta pedí otro para confirmar que era gratis. Ya para la sexta me lo había bebido y no aparecía ninguna mesera pidiéndome el dinero o recordándome el precio de la bebida. A la sexta me urgió salir a fumar pero encontré muy difícil la tarea de encontrar la puerta giratoria por la que había entrado, las máquinas me obstruían siempre al camino, como si el lugar estuviera diseñado para que me quedara. Efectivamente me quedé apostando a números sin significado y seguían sin salir. Llego un punto en que ya el estrés me tenía pegado del techo. Metí las manos a los bolsillos, saqué la cajetilla y estaba vacía, los últimos dos habían sido los del taxista y el mío en su carro. Le pedí al joven que atendía el bar dos sin filtro, le pagué y me sugirió consumirlos en la sala de fumadores porque afuera ya era peligroso. La sala estaba al costado derecho de la barra. Era un cuarto de terciopelo con una pérgola de concreto que permitía que el humo ascendiera lejos del local. No sé en qué momento acabé dos cigarros y entré a apostar de forma consciente por séptima vez. El siete era un número de la suerte, estaba en todas las máquinas digitales como símbolo de la lotería. Entonces tomé todas las fichas que me restaban y las puse en el siete. Cayó el tres. Al verme sin crédito, los crupieres de las dos mesas de ruleta me ofrecieron un cupón por treinta pesos para el blackjack. Yo lo recibí y le pregunté la hora al que no le había dicho, incrédulo ante la política de no dar la hora que el otro había usado como respuesta . Me dijo lo mismo, que no tenía permiso para hacerlo. Que regla tan estúpida, pensé. Pero nada de estúpido tenía, a quien carajo le importa la hora cuando está perdiendo el dinero en un casino. Aposté mis treinta pesos a un juego que no entendía y los perdí. Me ofrecieron otro vaso de whisky y lo rechacé, a lo que algún empleado me dijo que sí quería un taxi la casa lo pagaba. Que oportuno, luego de arrebatarme mi dinero se aseguran que llegue a casa entero. Al salir vi el sol asomadito por las rendijas de los árboles. Le pregunté al taxista la hora y me dijo que ya eran las cinco de la mañana. Ahí entendí a la vieja que se había matado, salir de allí era peor que salir de un cementerio, sin dinero, sin oportunidad de volver y reclamar una mala inversión. Carajo, pasé la noche en un casino.
Foto tomada de: www.binaryoptionsblacklist.com/treat-trading-like-roulette/
Por: Juan Camilo Bustos

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