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Hermano venezolano, yo le doy la mano


Hace algunas semanas gozaba de un lujo que pocos pueden permitirse en el diario vivir de la capital; me permitía ir SENTADO en el alimentador rumbo al portal tunal. Escuchaba música mientras contemplaba la ordinaria batalla de los colados que se bajan y los usuarios que luchan por abrirse paso en medio de empujones y apretones.
Trabajosamente un diligente joven subió por la puerta de en medio y, con guitarra en mano, superó el atoramiento humano para ubicarse en la mitad alta del alimentador. Alzó la voz, reclamando atención, y se presentó: su nombre era José Ignacio, oriundo de Táchira, Venezuela, había abandonado su país huyendo del hambre y la miseria. En su país había cursado tres semestres de música, para luego huir de ese inmaduro que se autoproclama presidente. Desesperado por su contexto y sin muchas posibilidades, se aventuró a venir a Colombia sin un rumbo fijo, con la única esperanza de una mejor calidad de vida. Ahora sí tenía mi atención, cómo no prestársela a ese verraco. Interpretó una canción cuyo nombre no recuerdo, solo logro recordar las ganas con las que la cantaba, una pasión que se imponía a la adversidad y que se aferraba a la vida con resiliencia.
Pensé en los miles de venezolanos que habían migrado –por necesidad y no por gusto- a Colombia en busca de bienestar y estabilidad. En silencio me lamenté por los llamados caminantes que durante siete días atraviesan –arriesgándose a morir de hipotermia- el páramo de Berlín para llegar a Bucaramanga y preguntarse para dónde carajos coger. Pensé también en todas esas criaturas inocentes que vienen con sus familias y qué muchas veces no entienden qué sucede. Cómo no sentir impotencia por su situación, cómo no conmoverse con todos aquellos venezolanos que, como José Ignacio, día a día se rebuscan para llevar pan a su casa.
Ensimismado, me percaté de una señora que estaba sentada al lado mío y que lo miraba con curiosidad, como muchos de los presentes. Luego me miró y juzgó la escena: -estos venezolanos si son la cagada, nos tienen jodidos. Por mi cabeza pasó de todo, desde madrearla hasta empezar una infructuosa discusión. En su sentencia se palpaba un prejuicio generalizado que implícitamente los culpaba de todos nuestros males. Ella no había sentido nada de empatía por ellos, solo se precipitaba a tacharlos.
La abominable señora estaba sentada en la silla que da a la ventana y, mientras ella esperaba una réplica afirmativa a su argucia, busqué en mi bolsillo algunas monedas que me habían sobrado para dárselas a José Ignacio, que ahora pasaba por los puestos para ver quién le ayudaba. El alimentador casi llegaba a su destino, miré a la señora y, –por absurdo que parezca- riéndome, di por terminada una discusión no empezada contestándole: -cagada su ignorancia y su indiferencia. Me bajé, no tuvo derecho a réplica, no lo merecía.



Y es que sí, no vale la pena discutir con alguien que se ufane a generalizar ese prejuicio tan pendejo de que por ellos estamos como estamos. Soy consciente de que muchos de ellos por necesidad han caído en la trampa del dinero fácil, y no por su condición de venezolanos, sino por su falta de escrúpulos. Como sociedad no podemos ser hipócritas, todos sabemos que sus acciones no las determina su nacionalidad, porque en su mayoría los maleantes de nuestro país son colombianos. Ahora más que nunca debemos solidarizarnos con ellos, porque no hay nada peor que empezar de cero cuando uno es privado de su hogar. Se avecinan tiempos difíciles y de cambio en Venezuela, nuestra tolerancia hará la diferencia.

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