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LA LIBERTÉ ET LA MORT


¡De qué libertad son reclamantes, traidores!

Sus heridos espíritus nunca han conocido el ala de mariposa blanca o el cabello incinerado debajo de un cielo de hielo. Juro a las brasas que ustedes jamás vieron palpitantes los sexos sin sentir una esfera equidistante en cada lugar de esas habitaciones blancas. ¡Fueron riqueza de tiranos!, y ustedes lo celebraron porque se sentían libres en el intercambio.

¡Ay de eso desechables hombres y mujeres, y de sus creencias que son como cortinas de metales negros! Cuando cae la noche ellos se refugian bajo la luz de unas velas benditas, con una mística que ocupa lentes y tinto hirviendo; así refuerzan sus creencias en lecturas bíblicas o en enciclopedias capitalizadas. ¡Qué más se puede esperar!, si a la larga todos son unos intelectuales a los que se les puede engañar y, sobre todo, usar como instrumentos de falsa libertad.

¡Qué gran mentira es esa, mentira de la sagrada contradicción en la moderna Judea! ¡Oh!, hermanes, en verdad les digo que otros serían sus reinos si tan sólo supieran de su condición de mierda hedionda y decorada.
 (...)
Que cómo es que se escapa del ojo de Dios, me preguntarán. Mi respuesta a simple vista es fácil: siendo invisible. Léase bien, es ser invisible, no esconderse cual gusano de tierra en las piedras. Ya sabrán que sólo se esconden los abnegados de virtud, los faltos de carácter, los ciegos creyentes en las luces de sus sabidurías.
Sí, es ser invisible...

Cuando uno desaparece, cuando uno se desvanece gris frente a más luces como polvo de avenida, no hay esfera infinita que lo abrace, ni verdad y vida que lo asombre, porque su espíritu es de las hojas del viento, y su instinto despierto, animal y feroz de las sombras. ¡Nadie puede detenernos! En serio, díganme, ¡quién no desearía estar atravesado en la mitad de la misa y fundir en fuegos profanos el santísimo sacramento!

¡Vamos! Corran todos a levantarse las túnicas y a quitar los manteles para poder orinar con libertad. Si les dijera cuántas veces soñé con arrancar las páginas de una arcaica enciclopedia, tomar la página 63 y repletarla de tabaco para después fumarlo y escupirle el humo en la cara a unas cuantas eminencias, entenderían que creer en regímenes de saber es como creer en la misericordia de un anciano asesino (y no, no solamente hablo de un veterano de guerra o de un presidente retirado, sino que ésta es la esencia misma de Dios.) 

Yo les muestro a ustedes cual es el más acertado milagro de amor. En la vida no se encuentra la libertad, pregúnteselo a un verdadero poeta. El halcón peregrino siente su verdadera libertad cuando cae al abismo a más de trescientos kilómetros por hora; y adivinen qué: la muerte que no alcanzó a ver con su mirada privilegiada se la encuentra en las garras, para sobrevivir.

Yo solamente conservo la fe de no creer en nada, porque ninguna luz llega sin su sombra. Ya sabrán entender que la libertad no se trata de creer, porque la vida como nos la enseñaron es puro palabrerío y creencia barata.

¡Llegó la hora de la duda radical!
Créanme que la libertad se encuentra en la muerte, porque cuando se dispara al aire la duda, algo muere.
¡Ay!, y yo solo muero...



Por: Juan Esteban Garzón López



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