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Choque [2/2]

En el par de semanas póstumas al encuentro me disocié entre los fríos libros de leyes, teorías e historias que ,en últimas, solo eran manuales para mi vida luego de que me entregaran mi diploma. Me pareció paradójico que, luego de una reunión tan intensa y significativa, María saliera a ratos de mi mente, como si mi sentir por ella hubiera menguado. No es que la hubiera olvidado por completo, de hecho continué componiéndole esquelas articuladas por líneas que, entre tanto, contenían malos poemas y cantos caribes que mi padre me había enseñado a la fuerza de pequeño. Todos los cantos que le dediqué a María estaban en mi memoria después de tantos años, algo que también era impresionante, pues los despreciaba de pequeño. Amargaban mis domingos con su explosión de acordeones, cajas, gaitas, tambores y guacharacas; me arrancaban de mis sueños pueriles y sentenciaban el inicio de los desayunos matutinos, cargados de costumbres de mi padre que nadie soportaba, por lo menos eso vine a entender con los años. Aún con eso María germinó en mí el fruto de poder disfrutar de un vallenato, fruto que aveces se tornaba empalagoso al reencontrarme con la tiernas mieles de mi infancia. Día tras día tendía a disfrutar más de los merengues nostálgicos de Zuleta y de los paseos francos y anécdoticos del negro Alejo. Todos ellos resucitados en las cuantiosas esquelas, acompañadas por bombones y rosas. Ambas cosas despreciadas por ella, me vine a enterar hoy, día en el que también me enteré que ella ya logró ser sin mí. El receso académico empezaba hoy. Había venido anhelando que ello sucediera porque, con ansias y obsesión, había venido planeando un periodo de receso con ella, un viaje quizás, unas cuantas noches que derivaran en erupciones de pasión, cualquier mundanidad como excusa para el amor. La que yo no sabía que sería mi última esquela así se lo expresaba, invitándola además al núcleo de su cama, conmigo, mañana, con las cervezas y  nuestra colección implícita de baladas de protesta como premio de un semestre más, uno menos, solo lo diría la historia. 


Remití la esquela a la oficina a las ocho de la noche, última hora de servicio que ofrecía la  seccional postal de mi barrio; como todo lo importante: en el último plazo y al margen del cierre. Como la seccional del barrio de María era la central cerraba más tarde y ella respondía apenas le llegaba la esquela. Era fascinante. Me deslumbraba su capacidad de responder a mis torrentes de pasión con pequeñas notas lacónicas, agradeciendo siempre con la misma expresión pero con otras palabras. Demoraba menos de media hora en la mis oficina de correo. Ya que respondía con la habilidad que rebota un caucho, sus notas siempre llegaban a la media noche, por lo que agarré la costumbre de desfasar mi sueño con libros usados, viejos y personalmente valiosos, rescatados en el centro histórico, cómplices de mi costumbre al insomnio. Luego de pasar horas nadando entre líneas, el reloj me avisó que eran las 12. Me empaqueté la cajetilla de cigarros entre la chaqueta y salí al patio. Fumé uno y sumergí mis muñecas en el buzón: nada. Imaginé que quizás sería una tardanza del cartero. Activé mi empatía y comprendí que mi esquela quizás la había sacudido un poco, quizás el poema de esta edición no era una porquería y lo disfrutó un rato más, un rato que se tomó antes de responder. Conté cinco cigarros y tres avisos que me dio el reloj y no había señal escrita de María. Procuré seguir el libro hasta que la luz del día -recién nacida- entrara por ventana occidental de mi cuarto y me cacheteara con su ardor. Después de todo, la atmósfera casera tenía al silencio de visita, pues no había nadie en casa y ese clima es ideal para acabar una libro. Es difícil leer la última palabra de una joya literaria con la bulla al lado, ningún buen libro culmina a gritos. La última línea siempre escupe una sentencia ensordecedora, una sentencia que por respeto necesita ser leída en silencio. La carta llegó hasta las ocho y media de la mañana, lo que significaba que ella también se había desvelado respondiendo. María no se desvelaba, lo detestaba. Por eso sus cartas llegaban a medianoche, las enviaba a las nueve y media, hora  en la que salían para acá en el último turno de la noche. Ésta la debió haber enviado a las siete de la mañana, pues el cartero recién levantado del primer turno diurno acostumbra demorar media hora de más. Pero esos son tan solo detalles tangentes del derrumbe que provocó mi lectura de su misiva.

El papel, con una pésima ortografía y una miope elocuencia, me contaba que María estaba harta. Harta de mi empeño en que el vínculo confuso que nos unía fuese la oportunidad para crecer entre los dos, para falsearnos; harta de tantas esquelas románticas y repletas de dedicatorias complejas; harta de hacer el amor crudamente y hasta el cansancio, con exceso de caricias complementarias y besos descordinados por el deseo y anárquicos por el anhelo. Se cansó. Era una carta de renuncia a su condición de amante única e irrepetible, quería desviarse al puente de la soltería que, a la larga, la llevaría a la banalidad. Quise reactivar mi empatía. Tomé una bocanada de aire y viajé al pueblo de la introspectiva. Traté de descubrir la lógica oculta en la carta, busqué en las casas y las carreteras del poblado y solo vi un mortífero de ignorantes que votan por su opresores. Encontré un pueblo desierto y acostumbrado a la miseria. Me sorprendí porque todos sus habitantes estaban muertos, tirados en el lecho polvoriento de las ruinas de su población. Solo podía escrutar cadáveres roídos por los límites racionales del amor. Era eso, yo no he tenido ni tengo límites al amar, estallo como el enfermo crónico, cual pandemia invasora que acaba el cuerpo antes de que tenga tiempo de cerrar los ojos hasta nunca, hasta censurar la vista para recordarnos cómo se ve el mundo sin mundo . <<La empatía tiene límites>>, pensé. Lo infinito y lo humano son dos polos de una misma guerra. Nada humano es eterno. Todo lo que asumíamos como eterno es más humano que lo humano. Puras blasfemias. La miserableza de ese pueblo se nutría por la idea de que la empatía no es infinita. Esa carta me estaba pidiendo empatía por ella, pero yo tenía que ser empático conmigo mismo y esa empatía tenía que ser eterna. Tantas esquelas tituladas con sinónimos de lo infinito de forma irónica, burlándome de la muerte y ésta, la última, una de las más ligeras, era la que literalmente invitaba al cepelio de las almas vivientes  entre las metáforas que erguí para amar a María. Tenía que responderle, o por lo menos entenderla.

Harto de no triunfar en la introspectiva, empecé a imaginarla mundana y tangible, nada metafísica o solemne. Leía las líneas del papel una y otra vez. Una carta de esas no estaba a la altura de su sonrisa. María no estaba a la altura de su sonrisa. Me acordé de ese desfile de incisivos y colmillos que siempre me sacudía las entrañas. Tantas tormentas que escampé bajo ese desorden de dientes que me explotaban el pecho al desnudarse y me implosinaban las entrañas cuando los conmemoraba entre sueños y cuentos. Pensé en el descaro de encasillar eso en la palabra <<sonrisa>>. Terminó siendo un vulgar tumulto de marfil anclado en las encías de una cobarde, una miedosa a arder de amor. Ese fue el último recuerdo que utilicé para entender la imagen que me daba la carta de María, el punto final. Pero eso no era lo peor de que ese fuese el último punto de María. Su despedida significaba que mi obsesión febril mutaría a ser rutinaria, que es mucho peor, porque carcome, arde como una amputación con machete caliente y no cicatriza tan rápido como los recuerdos que avivan la obsesión febril, que se van nutriendo de sí mismos en un mundo inorgánico e ideal. Cuanto coraje que hay que tener para ser un cobarde. Cuanto coraje tuvo que haber cargado para despacharme tan fácil como logro amarme. Esta nueva obsesión me iba a consumir, me iba a carcomer de solo pensar que María, cada noche entre sus sábanas, se revolcaría impunemente entre nuestras cenizas, alborotándolas para que se esparcieran entre el piso, se iba a despercudir para que los rescoldos de nuestros encuentros aterrizaran en el suelo, para abrir campo a los nadie que irían tras ella y la iban a mantener ansiosa por apagar la hoguera que encendimos juntos, por dejarme solo con mi fogata, al borde del barranco, entre la caída libre y las mujeres que jamás inmortalizare en mis letras como a ella, por matarme cuando más vivo me sentía, sin ron rendido en mis entrañas.

Todo eso ya lo he entendido, a punta de coacción propia, pero lo he entendido. El problema es que no he entendido lo que tiene María que me descentraliza la cordura, no he aprehendido su concepto, solo he reprimido a los demás, los que no afinan su melodía, al mundo, a la vida, a todo lo ulterior a su metáfora, como forma de definir lo que ella no es, pero, en definitiva, sin pista alguna de saber lo que es.  


Por: Juan Camilo Bustos

Twitter: juancambg

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