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Choque [1/2]

Ayer, caminando hacia mi casa, discutí conmigo mismo lo interesante que se me presentaba la figura de María. Era hija de las altas castas blancas del Putumayo y de Los Llanos, siendo siempre una transgresión a la casta de piel de las oligarquías de las que -se suponía- iba a ser heredera. Su tez canela nunca fue coherente con los intereses aparentemente pulcros, pálidos y blancos de los que también era hija. Pensé entonces que María había nacido varías veces, lo que también significaba que había muerto otras tantas. Antes de nacer, nació como legítima recibidora de las voluminosas herencias abultadas tras la unión marital de sus padres. Murió al nacer de la forma más física y explícita posible, pues, al literalmente salir de su madre, reflejó la opacidad de su piel, lo que la mató a los ojos de unos padres que aguardaban una mujer de porcelana, lista para sentirse orgullosa de lo clara que sería su piel. El color subversivo era culpa de Emilio, un caribe oriundo Del Valle de Upar que había conquistado a la bisabuela materna de María en un festival vallenato. Sandra era su nombre, y se había dignado a visitar aquel incipiente acto cultural por un modesto cargo que ostentaba en el Ministerio de la cultura. Emilio se escaló en la tarima para entonar un merengue melancólico que le había compuesto a su anterior amante, quien aguardaba expectante entre el calor humano que envolvía la Alfonso López. Al estirar su acordeón vio entre los palcos a Sandra y compuso el mejor paseo que ha escuchado la plaza. Demoró diez minutos escribiéndolo mientras lo cantaba con la mirada Guajira anclada a los pómulos inundados de sudor y lágrimas que Sandra estaba soportando. Por la incoherencia de aires Emilio fue descalificado sólo hasta que acabó su canto y, ante todo el mundo, solicitó a Sandra la vida eterna como pareja. Sandra, ofuscada por los dos vascos de whisky y la sorpresa del caribe, aceptó y dos semanas después se casaron en la iglesia que marcaba uno de los cuatro vértices de la plaza. Por ese precedente es que había un miedo por la apareción descendientes morenos en la familia.  Pero ya habían pasado aquellos tiempos, y la de Emilio era una línea genética considerada extinta entre la estirpe de la que María haría parte. Vivió así de muerta hasta que optó por entrar a La Universidad, pública y diversa, lo que la terminó de asesinar ante los decepcionados ojos de sus padres de nuevo, tras comunicarles que se iba a largar del Putumayo, que estaba hasta los tuétanos del agua potable que solo existía en el proselitismo, de las avalanchas invisibles y de su impotente posición de privilegio. Una vez pisó La Universidad descubrió un sostén académico para la rebeldía congénita a su esencia, irradió su aura de rebeldía y nació de nuevo. Esa era la María que yo había conocido, la que en cualquier momento estaba dispuesta a morir de nuevo, la que había aceptado a la muerte como costumbre. Me angustié. Eso significaba que en cualquier momento podía morir y yo no iba a poder asimilarlo. Mi preocupación fue combustible suficiente para llamarla y pedirle que me acompañara a fumar un cigarro en el tiempo entre clases que tenía. Una vez encontrados, nos sentamos en un prado contiguo al viejo edificio donde impartían la clase en la que nos habíamos conocido. Parecía inquieta, tan inquieta como el filósofo incapaz de desenlazar una cuestión, inquieta por lo que parecía ser una duda sepulcral que la agitaba hasta el más lejano lindero de los que cercaban el último círculo de lo poco de conciencia que detentaba. Yo solo esperaba que ello no fuera señal de su siguiente fallecimiento. Me acurruqué por entre el espacio que dejó entre el mentón y las piernas cruzadas, dada su posición, sentada en los pastos. Me asomé a su aura, aparentemente abarrotada de incertidumbre. La miré a las pupilas. Estaban indómitas y mirando a lo que se les apareciera. Me atreví a preguntarle:
-¿qué alborota tus ojos de brújula averiada?
Entre el segundo en que intentó anclar su mirada a mis labios como -me admitió alguna vez-  auxilio para no alebrestarse ante lo que alegaba era mi tajante mirada y el que ocupó intentando difuminar lo inasible con su lenguaje, recordé que hace un par de semanas María había presenciado el homicidio de Aníbal, un compañero seducido empedernidamente por los perfumes resbaladizos de la Federación Independiente de Estudiantes Universitarios, cimentada sobre el guevarismo dialéctico. En medio de una asonada en contra de la violencia estatal, una canica le había perforado -irónicamente, decían los titulares sensacionalistas- el ojo izquierdo, permitiendo así que se abriera paso impune por entre el tejido cerebral, matándolo casi tan rápido como soltó su último alarido. Creí entonces que esa traumática escena era el combustible del desorden de dudas que tenían secuestrada a María. Tras los dos segundos, desembocó:
-Si pudieras tener la opción de escoger la forma en la que te van a matar, ¿cuál sería?, ¿cuál sería la manera en la que estarías conforme con que te arrebataran tus últimos segundos, de que los exilien a ese lugar al que dices que se marchan, al cajón de los cuchitriles del tiempo y de la historia? 
De no ser por la forma en la que desenvolvió su incógnita la habría tratado como un cliché (sin que de todas formas dejara de serlo). Me gustan esas preguntas que me hacen frecuentemente, porque siempre hay alguien que las sabe limitar, desarrollar y rejuvenecer. Ya no era la trivial pregunta de la forma en la que quisiera morir, la menos peor. No. Era la forma más placentera en la que me gustaría que me mataran, sin permiso y casi que por mi culpa. Aquello me preocupó, no tenía una respuesta porque, claro, la duda estaba atada a las trágicas imágenes que María había tenido la desgracia de presenciar. De repente imaginé a Aníbal tirado en el andén contiguo a La Universidad, a ver si eso me ayudaba a desatar mi réplica. Lo sentí entre mis brazos, alcancé a percibir los hilos de sangre que se desenvolvían entre mis dedos, el inexplicable calor que emana la sangre recién derramada en mis muñecas, la camiseta del partido, roja, más roja de lo que pudieron tejer con un telar desgastado, roja por la sangre empapada en ella. Fue una pesadilla de medio segundo. Mi inconsciente priorizó con urgencia la respuesta. Mientras sostenía a Aníbal dejé de lado el pestañeo, la inhalación y el latir, hay que morir un momento para imaginar y responder estas cosas. Porque sí, aparte de lo delicado que sería una mala respuesta y el nudo en el pecho que la micropesadilla me ató, he de aceptar que también era difícil responderle a María por el solo hecho de que la inquietud era de su origen, porque la pregunta era más una confesión que una pregunta, porque sus ojos me contaron a gritos que ya de un tiempo para acá habían padecido la divagación de su dueña por esa duda, esfumando los prolongados minutos de las vigilias a los que los tenía sometidos María. Esa conversación con su mirada taló de tajo toda respuesta protocolaria, me inyectó ganas de pensarlo y, ante todo, responderlo virtuosamente. Entre la lúcida alucinación de Aníbal, los archivos y los marcos de lo que estaba buscando, desempolvé un momento reciente.  Hace unos días había amanecido con mis amigos de la provincia en la terraza de una taberna universitaria de mala muerte, a escasos cincuenta pasos del portal por el que todos los días pasaba para ir a clases. Aguardamos el sol al son de sones, pullas, merengues y paseos. Me enfoqué en los tramos del recuerdo en los que había derramado llanto de la melancolía gestada en las notas, en los que había sonreído hasta incomodar los pómulos por las nostalgias y, finalmente, conmemoré que en algún álgido punto de mi ebriedad llegué a declamar -entre los cuatro aires y los cuatro puntos cardinales- que tenía ganas de morirme de lo vivo que me sentía. Claro, no pasaba de ser un desahogo que me había aflojado el ron rendido que habíamos encaletado al bar, pero era contundente. Viré la vista de la chueca e inquieta sonrisa de María hacia la plaza, observé las pintas que habían sido brochadas por la memoria de Aníbal, ya empezando a secar pero aún crudas por el brillo acuático de la pintura fresca. De la alacena de los recuerdos vagamente frescos como la pintura saqué  el momento en que Aníbal -mientras devoraba un pescado guisado y una porción carcelaria de arroz con garbanzos- me había comentado que la actitud del gobierno frente a los compromisos adquiridos para reformar las directivas públicas que regulaban La Universidad ya estaba pasando de ser política a ser grosera, caprichosa y ulterior a toda ideología. Ese día me insistió en la necesidad de creer en La Federación y en El Partido, de impulsar las luchas por el anhelo narcótico de nuestras utopías. Tras una larga discusión que mantuvo caliente nuestros almuerzos, Aníbal se había despedido con una palmada y un puño y, antes de disolverse entre los torrentes y andenes del campus, volteó  su cuerpo, alzó su mano con el índice señalando en diagonal al cielo, y declamó: <<seamos realistas, ¡soñemos lo imposible!>>. Sin permiso y ya ad portas de que se venciera mi tiempo de respuesta para que no se presentara forzada, trencé sin permiso aquellos recuerdos aparentemente inmiscibles, diametralmente opuestos e insolubles:
-Que me maten como quieran, pero que sea luchando, bailando mis consignas con un vallenato coloreando el viento, reventándome los tímpanos, hinchándome las venas.
María silenció su angustia. Lució su mirada satisfecha como la demostraba tras hacer el amor. Desenfundó dos piel roja del bolsillo izquierdo de su blusa, yo respondí con mis fósforos, señal que en nuestro código denotaba el alto el fuego: no se hablaría más del tema.
Por: Juan Camilo Bustos

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