El pulso de su mano sostenía el celular con la cámara frontal encendida, para sonreír sin convicción junto a los demás, engañándose a sí mismo mientras fingía una alegría inexistente. Foto tomada y guardaba. La fiesta avanzaba con la luna, él se había resignado a su determinación de no bailar, esperando en vano una última voz que lo motivara a abandonar su inercia. La observaba mientras disfrutaba la música, reprochándose no haber tenido el valor para invitarla a un merengue; su orgullo, la ansiedad social y el miedo a los comentarios intempestivos lo habían cohibido en su iniciativa y lo habían relegado al sedentarismo. Sintió la necesidad de subir la foto tomada, etiquetando a los desconocidos que aparecían. Buscó su mirada aunque no logró que coincidieran, la noche pasó de largo y con ella la impotencia de no tener el coraje para recordarle lo bonito de su vestido cian.
Al siguiente día de esa noche agridulce en la había querido sentirse bien por compromiso, sus padres le reclamaron su inasistencia al ritual nocturno de la cena. Repelía a su familia, apelaba a la distancia a pesar de la señales que le indicaban que les importaba. El celular se le convirtió en cadena, una atadura a la que se aferraba con fuerza, una alternativa a la incertidumbre de sus días que se le convirtió en vicio. Hablaba con desconocidos, ilusionandose con relaciones inconclusas que le daban contenido a su insulsa rutina. Había sido consciente del poder que ejercía el celular sobre él, un día en el que se percató cuando bajó del bus del bolsillo vacío que siempre estaba ocupado. Se había preocupado y su ansiedad no había cesado hasta que sus padres –al ver su notable fatiga y sus maneras tristes- habían decidido endeudarse comprándole otro para ocupar su ocio y distraerlo de la melancolía. La sombra del niño que había sido era una nostalgia de la que se lamentaban seguido.
La semana no fue muy distinta a las de los últimos meses : su estado natural era el de la indiferencia que acompañaba la monotonía del día y el ineludible insomnio de la noche. Así mismo, su actitud se limitaba a la insatisfacción perpetúa, la cual manifestaba con sus arrebatos de soledad y malhumor. A pesar de que en términos académicos la escuela no constituía para él un desafío, sobraba decir que no había logrado encajar en términos de convivencia. Las muestras de cariño no eran interpretadas por él como signo de amistad, a pesar de que fingía que surtían el efecto esperado. Ella era la única que robaba su atención sin intención alguna, con un alto grado alto de intensidad que no lograba explicarse. Muchas fueron sus oportunidades para acercarsele, aunque torpemente habían sido malgastadas, resultando infructuosas para conocerla como quería conocerla. La consecuencia más notable de su temprana timidez era su incapacidad para darse a entender y socializar.
Su único medio para acercarse al mundo eran las redes sociales, a las que le invertía una fracción importante de su tiempo y que -a diferencia de muchas otras actividades ordinarias que realizaba con desgano- no consideraba un despropósito . Su actividad en redes era directamente proporcional a su ocio, interactuando constantemente, compartiendo cosas con las que se identificaba y buscando aprobación social por todos los medios. En esas encontró un perfil familiar, era ella, la había buscado por su nombre en el pasado, ignorando que su personalidad no le permitía colocarse en su perfil su nombre vulgar. Era la puerta que tanto estaba buscando para lograr entrar en su vida, era la oportunidad para acercarsele. Esta vez la desidia no ganaría la partida.
Por: Cristian Dulcey
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