El pasado miércoles 7 de agosto, se conmemoraron 200 años de la batalla de Boyacá, que dio por finalizada la campaña libertadora, en lo que entonces era conocido como el nuevo reino de granada. Pues bien, el abrumador triunfo del ejército patriota sobre el realista implicó la expulsión del virrey Juan de Sámano y con él, el de todos los españoles que habitaban este territorio.
Es por esto que ese 7 de agosto es importante, manifestó nuestro deseo de libertad, y nos planteó una serie de retos de lo que implicaba constituir una nación “libre y soberana”. Fue así como se dio inicio a una serie de debates sobre cómo se debía organizar el Estado y la administración pública.
Producto de esas discusiones fueron, primero, el congreso de Angostura, que el 14 de diciembre de 1819 promulgó la famosísima ley de angostura que dio vida jurídica a la República de Colombia y que la historiografía bautizó como La Gran Colombia. En segunda instancia apareció la disputa entre centralistas y federalistas que terminó por fracturar el sueño -primero de Miranda y luego de Bolívar- por construir una sola patria de escalas continentales, desde la alta California –que entonces era territorio mexicano-, hasta la Patagonia en Argentina. Allí quedó aquel primer sueño de nuestros padres fundadores, tal vez bastante utópico, pero al fin y al cabo sueño.
Esas son las peleas con las que nacimos y que aún hoy parecen irreconciliables, son las mismas que han fracturado esta patria y los sueños de tratar de construir un país que ,como reza su lema, garantice a sus ciudadanos libertad y orden. Es necesario que nos detengamos un momento para analizar como conmemoración de este día todos esos sueños que aún nos faltan por construir, de esos sueños que la guerra, la pugnacidad y la violencia atizada desde las más altas esferas del poder nos arrebataron a todos aquellos que estamos aquí abajo, los de abajo, los olvidados, como diría Galeano.
Cada mañana se siguen levantando millones de ciudadanos y de almas que siguen persiguiendo sus propios sueños, sueños que unidos son los de un país entero que aún sigue inmerso en miles de inquinas, y tal vez más dividido que nunca. Pero que este día sirva para pensar en esas inquinas y tratar de que por fin desarmemos los odios para avanzar.
Sin embargo hay algunas almas que me atrevería a decir que son más altruistas que otras, pero que hoy corren un gravísimo peligro. Este día también debe servir para denunciar la muerte de nuestros actuales héroes, de esos cientos de hombres y mujeres que no trabajan por sus propios sueños, sino por los sueños de sus comunidades y familias, para esas personas que construyen desde la cotidianidad de sus actos un país en donde se respeta la vida en todas sus expresiones. Los atroces asesinatos de líderes sociales están matando la esperanza y el país que soñamos. Para ellos va dedicada esta columna, para esos héroes de nuestra independencia y nuestros primeros soñadores de patria, y para nuestros actuales héroes que siguen soñando y trabajando de manera incansable por Colombia, esta patria grande y diversa que nos hace llorar y reír tanto la misma patria por la que vale la pena luchar-.
Quiero aprovechar también para agradecer a mis compañeros Juan Camilo Bustos, y Cristian Dulcey por permitirme abrir este espacio de opinión en su blog. Para mí es un gusto aportar a estos espacios de dialogo libre donde es posible expresar las ideas sin ataduras y de manera franca. A quienes me lean les agradezco de antemano, y esperen muchas más opiniones mías cada Domingo aquí en Opiniones Incómodas Unal.
Por: Juan Montoya
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