Casi
iba a salir de la biblioteca, era tarde, pronto dejaría de pasar Transmilenio.
Estaba terminando de estudiar para un parcial que nos engañó a todos y nos
dejó con el sin sabor del que se viste para ir a fiesta y no puede ir. Antes de
abandonar la universidad y coger el bus –el cual milagrosamente pasaba vacío a
esa hora-, decidí ir al baño. Iba pensando en lo estudiado y en el comentario
de un estudiante que tenía pinta de matemático, el cual le había dicho a su
compañero que se quedaría repasando lo visto durante el semestre toda la noche.
Una vez en el baño, leí con curiosidad los inteligentes y rebeldes comentarios
que nunca faltan, cuando uno en particular reclamó mi atención:
El
juego de palabras tuvo el efecto de una epifanía, de la respuesta tanto tiempo
buscada a una pregunta no formulaba, la cual justificaba el estado de
agotamiento en el que me encontraba.
Salí
de la universidad pensando en esa sentencia, contándosela animosamente a mis
amigos. En los siguientes días la frase me quedó dando vueltas en la cabeza,
llevándome a pensar en el privilegio de estar allí, en el ágora del
conocimiento, en donde el saber se universalizaba y compartía. No obstante,
pensando un poco más en lo que buscaba criticar el autor de la frase, advertí
la enorme diferencia entre la universidad y el mundo que la rodeaba, el cual
parecía alejarse abruptamente de ella.
He
hablado con muchos egresados, los cuales han tenido la oportunidad de formarse
como profesionales en un mundo en donde no es tan fácil conseguirlo, así como
también he hablado con muchos de mis compañeros, compartiendo
expectativas del futuro incierto pero imaginado. Entre los dos –estudiantes y
profesionales- hay un discurso que adopta distintos caminos. Los primeros mantienen
a su vez opiniones diferentes pero coincidentes, ya que a pesar de que cada uno
tiene en cuenta su futuro económico como eventuales profesionales, no dejan de
lado la posibilidad de poder ayudar con lo aprendido a la sociedad, que lucha a
diario con los típicos males que la atacan: la corrupción, el clientelismo, la
inequidad, la injustica y los múltiples dolores que la aquejan.
Sin
embargo, a varios de los segundos les suena hasta graciosa la empresa de
ayudar, y suelen encaminarse por el interés económico/laboral más que por el
interés social. No los juzgo; entiendo que no es fácil conservar el anhelo de
cambio y que, sumado a lo anterior, no es fácil ni intentar cambiar algo ni lograrlo. Creo que de alguna manera todos llegamos con la voluntad altruista de ayudar con lo aprendido, de contribuir para que esos males que tanto nos duelen no se sigan perpetuando, pero supongo que esa voluntad se mitiga con el tiempo hasta el punto de que nos parece inútil la idea de impulsar un cambio efectivo.
Empero, considero que si el conocimiento vale algo es por su posibilidad de afectar la realidad, de poder llegar a esos espacios en donde antes brillaba por su ausencia. De manera que el tener la oportunidad única de poseer un bien tan valioso y guardarlo para sí mismo me resulta egoísta, habiendo tantos errores por corregir, ignorándolos aún sabiendo cómo podrían solucionarse. Así que ¿para qué matarse estudiando una disciplina que no será un medio para ayudar a cambiar algo esta vaina? Pienso que como estudiantes y futuros profesionales, tenemos el deber y el compromiso social de aportar con lo aprendido en la construcción de un nuevo país, uno que destaque por su educación y no por sus muertos.
Por: Cristian Dulcey

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