Desde que existe la vida existe la muerte; es la regla inevitable que demanda la existencia. La muerte es una de las pocas certezas que se lamenta de tener el ser humano. La sabia naturaleza dotó al basto espécimen del planeta del instinto de repeler la muerte y luchar por la supervivencia. Antes de razonar y ser conscientes del ámbito en el que arbitrariamente fuimos puestos por la aleatoriedad, nacemos con la inclinación primaria de respirar para mantenernos vivos.
El final del camino es uno de los mayores miedos del hombre desde tiempos inmemorables. La muerte es tan importante en el itinerario de nuestra reflexión, que la oscuridad que genera el desconocimiento de lo que sucederá una vez ésta llegue, es el motor que impulsa la dinámica de las religiones. Cada cultura a lo largo de los siglos ha creado una iconografía alrededor del tormento de la muerte. La promesa de una vida después de la vida, es una ilusión noble pero incierta que mantiene y mueve a millones en el mundo, reafirmando de nuevo el miedo a la incertidumbre de lo que sucederá una vez nuestros corazones se detengan. La promesa del paraíso es una buena estrategia para apaciguar ese miedo congénito que nos agobia cuando somos conscientes de nuestra parada obligatoria.
El tiempo es la herramienta de la que se vale el ciclo de la vida para apagar y prender velas. Engañar al tiempo para interrumpir la cadena natural de la existencia, ha sido la más ambiciosa meta de los más vanidosos seres, que no se han conformado con la tiranía de la que no discrimina y ataca a todos por igual. En antaño muchos fueron los intentos por entorpecer el avance de la muerte sobre la vida y por atenuar los síntomas inminentes de la primera, resultando estos insignificantes ante la fuerza de la justiciera.

No obstante, la humanidad, entre sus luchas infructuosas y constante devenir, parece ganarle el pulso a la muerte. Ante las preguntas en el pasado inconclusas, la medicina encuentra las respuestas que atacan males que por siglos nos han diezmado. Muchas de las patologías que antes constituían una amenaza directa del destino, hoy no son un peligro para el bienestar de las personas. La comunidad científica no se rinde en su empresa de erradicar el que parece ser nuestro mayor miedo, y arremete con fuerza contra ese ciclo que nos obliga a abandonar la vida.
Si tuviera la posibilidad de viajar al pasado para contarle a mi pariente lejano de 1853, que tengo la posibilidad de tener una videollamada con otra persona que se encuentra al otro lado del mundo, se quedaría tan atónito como yo al escuchar de mis nietos que se encontró la cura para el cáncer y que la vida puede prolongarse cuanto queramos. Mi punto es que la innovación tecnológica y científica dentro de poco, va a permitirnos elegir entre seguir viviendo o no; ya no como un imperativo del destino, sino como una decisión por voluntad. Quizá lo que propongo es una quimera irrealizable, o quizá la descabellada idea de este loco paranoico no se aleja tanto de la realidad del futuro. La única certeza que mantengo es que así como la esperanza de vida aumentó como nunca antes lo había hecho en el último siglo, las posibilidades de mantenernos con vida durante mucho tiempo, son mayores con el pasar de los años. Dicho esto, se pensaría que interrumpir artificialmente la cruzada de la muerte es un logro, pero para mí constituye un problema moral que se nos presenta de facto: ¿es lícito vivir tanto tiempo? o, más aún, ¿resulta confortable vivir 200 o 300 años? Lo que digo son puras conjeturas, no por ello infundadas e indignas de una rigurosa reflexión. Considero que justamente lo que le da sentido a la vida es su carácter finito: el seguro de que en algún momento acabará y no es ilimitada. Si en nuestras manos se encontrase la posibilidad de controlar la vitalidad del ser humano, que como la vida siempre ha sido impredecible, ésta última perdería su gracia por la vacuidad de la extensión y el sin sentido de la eternidad. La fugacidad de la existencia y el olvido están infravalorados. Por eso, mediante este escrito salgo en defensa de la muerte y de su trascendental tarea; impedir que abusemos de la oportunidad de vivir para perpetuarnos en la memoria.
Por: Cristian Dulcey.
Por: Cristian Dulcey.
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