La vida se me estaba arruinando. El gobierno había virado hacia el estado de sitio y la revista que había fundado estaba amenazada por incitar alteraciones al orden público. De las diez veces que nos mandaron memorandos oficiales que amenazaban con el cierre, nueve las había tomado a mal, mi semblante lucia acongojado y la marea picada por la preocupación siempre me dejaba en el bar de la cuadra, con dos cervezas fuertes de mi lado y unas cuantas tertulias con los pocos obreros que me reconocían tras mis gafas de sol y mi cachucha. Solo en esta última me percaté de que la preocupación que siempre me caí encima era inútil. Le estaba metiendo mucha cabeza. Tantas amenazas de censura eran más bien un premio a la honestidad y la transparencia, un elogio al cinismo y acidez que son inherentes a la sátira política decente. Esta vez podía gastar los pesos de las cervezas en algo más, hoy quería celebrar. Raro también, porque la mayoría de las botellas se destapan a nombre del triunfo y no de la disforia. Bueno, en mi vida siempre había sido así.
No había comido desde que el memorando aterrizó en el escritorio de mi oficina a las nueve de la mañana, así que procuré calentar una porción de arroz que había dejado ayer. Mientras comía encendí el televisor. Ya era la hora de infomerciales, así que prácticamente me senté a ver pasar anuncios de cosas inútiles, así como uno se sienta en un cubículo a que se le deshoje la vida a pedazos, segundo a segundo. Entre utensilios plásticos, damas de casa gringas y cremas milagrosas apareció un arlequín animado. Vestía un disfraz de bufón que consistía de triángulos negros y rojos de pies a cabezas. Invitaba al nuevo casino. Tenía un sopor impresionante, sin embargo alcancé a absorber la dirección que daba el payaso. Me llamo la atención que el lugar quedaba muy cerca a la sede de la revista. Trate de recordar mi vida y me di cuenta que nunca había gastado mi tiempo en un casino. ¡Pues Bingo! allá iban a parar los 30 pesos de la pareja de rubias que me bebía de costumbre, le apostaría a la ruleta, así no supiera ni cómo funcionara.

Me puse un abrigo encima del traje, me desate la corbata y agarré un taxi hasta el local. Cuando le comenté al conductor a donde iba lució exaltado. Le pregunté la razón de su desconcierto. Me comentó que hace un par de días había recogido a una mujer vieja en la salida de la sede central del banco departamental. En el trayecto al casino, la mujer le había comentado que era viuda y que no recordaba su edad, pero que siempre decía que cargaba consigo 70 años de vida. Le dijo además que estaba en el banco porque acababa de retirar los ahorros de su esposo. Como aún quedaba trayecto le pregunté si gustaba de un cigarro mientras llegaba a los, a lo que me dijo que sí, que solo fumaba cuando una conversación lo distraía de la culpa que sentía por hacerlo. Tras encenderle el cigarro desviamos la charla hacia mí. Le comenté que trabajaba en la revista pero no le dije el cargo, posando de obrero. Me dijo que de vez en cuando le surtían uno que otro número desactualizado para anidarlo en el bolsillo posterior que venía en todos los taxis, donde se guardan los tarjetones de tarifas y los números de las empresas. Dijo que solo había leído un artículo. Le pregunté el título y reconocí que era mío. Aún así calle y le pedí crítica. Me dijo que a él no le parecía que el gobierne fuera tan malo como lo pintaban, que al final del día el los políticos eran reflejo de sus electores. Para no ponerme en evidencia, aterrice la conversación a la vieja pasajera que lo había consternado. Le pregunté por su reacción negativa ante el destino, ante lo que me respondió que su preocupación por el destino estaba suscitada en que, tras dejar a la anciana en la entrada del Casino, hizo tres carreras por el sector y que, en la tercera, había pasado por la esquina del establecimiento y había mucha policía. Alcanzó a pasar al lado de la cinta de seguridad recién colocada y divisó el cadaver decrépito de la vieja en el andén, reflejando con su palidez la descontrolada intermitencia de los carteles colocados en la entrada de la casa de apuestas. Me contó que se bajó a preguntar a la policia si la habían atracado, pensando que hoy había sido el día de su suerte y quizás habría salido en números verdes del casino. El oficial le dijo que aparentemente lo había perdido todo en un lapso de hora y media y que, ante la negativa del casino de devolverle el dinero, ella había salido corriendo al andén, desenfundó un el revólver que llevaba en la faja y lo había introducido en la boca, apuntando al paladar. No amenazó a nadie, solo salió del establecimiento, se acomodó para morir y jaló del gatillo.
Por: Juan Camilo Bustos.
Por: Juan Camilo Bustos.
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