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Indignación en la era de narciso

No me da pena decir que estamos inscritos en un trópico de indignación. Como aquel rincón de la tierra, la era de la información es parcela fértil para que todo nos indigne. Estamos obsesionados con las enfermedades. Despreciamos el machismo estructural cada que podemos, desnudamos los actos machistas que navegan en mares de impunidad cuando estalla en la opinión pública un feminicidio. Llueve a cántaros la rabia cuando alguna ONG publica un informe de la deplorable  situación de este o aquel ecosistema.

¡Excelente! Pues no, porque eso no logra más que crear un cúmulo de indignados e indignadas inservibles. No me parece excelente abarrotar la conciencia colectiva de bravura por consecuencias y no por causas. Hipócrates consignó que antes de tratar a un enfermo hay que cuestionarme si esta dispuesto a abandonar las prácticas que lo tienen sumido en su dolencia. Pregunto ¿estamos dispuestos a abandonar las dinámicas que siempre desembocan en lo indeseable? ¿O tan solo estamos dispuestos a pegar el grito al cielo cuando el síntoma estalla y pasa lo indeseado? Me voy con la segunda, porque así sucede.   Leí una frase de Chico Mendes -ambientalista brasileño asesinado en los 80's por su activismo en contra del latifundio y la tala en el Amazonas- que planteaba que el ecologismo sin  lucha social es simplemente jardinería. Y es cierto. Aún así me atrevo a extender su reflexión a que la indignación sin reflexión es un lavado de manos propio de una sociedad inscrita en la exaltación al narcisismo.

Compartir la rabia por una selva en llamas o por la violación de una mujer en un parque público es tan solo un ritual de limpieza propia por la culpa que tenemos. Claro, cuando se arme la discusión y nos pregunten 《¿tú qué has hecho?》 podremos responder con tranquilidad que colocamos una historia en Instagram, abarrotada de texto y que nadie leyó. Se abre la posibilidad de abrir Twitter y limpiar la conciencia como el cristiano acude al padre a confesar sus pecados, con la creencia paralela a lo que critico de que ponerlos en conocimiento del prójimo  nos libera de ellos. Si acaso, apelaremos a luchas aparentemente trascendentales como la deconstrucción psicológica y el "consumo ético" en los casos del machismo y la crisis ambiental, respectivamente. No, no solo me parece insuficiente sino mediocre y contraproducente.

Es claro que el deseo de escribir esta columna la estalló la indignación masiva por el incendio que hoy sigue desdibujando el follaje y la fauna incontable que anida la selva Amazónica. Pero hace rato he venido pensando que lo indeseable ocurre si hay una atmósfera propensa a que suceda. En el tan anunciado debate que hubo entre Slavoj Žižek y Jordan Peterson en abril de este año, Žižek estaba discutiendo sobre la postura de Peterson frente a la realización personal. Peterson representa la mística que envuelve a la creencia en libre mercado, la misma que fetichiza el esfuerzo propio y la construcción personal como receta definitiva para el ascenso social de clase. Peterson dijo que primero hay que disciplinarse para criticar la disciplina de la sociedad. Que basura que es eso y Žižek, Filósofo Marxista y contestatario le respondió que esa visión es la que nos ha hecho creer que no tomarnos la Coca Cola del almuerzo con pitillo y reciclar va a salvar el mundo. Pues no. El problema es sistemático. Si el mal es el machismo y el daño masivo al medio ambiente, las enfermedades -seguramente- son el sistema patriarcal en lo sociopolítico y amoral en lo económico. El problema es sistemático porque son los más ricos del mundo los que mas consumen y, por ende , los que mas contaminan. Si son ellos y ellas los exitosos en la sociedad, entonces estamos premiando lo que criticamos. Tal como el las grandes empresas nos han inscrito en necesidades que no son inherentes a nuestra supervivencia, tal como han inflado la demanda han tenido que incrementar la oferta y, para lograrlo, deben aumentar la porción de extracción de los recursos. Ante eso hay tres opciones: no hacer nada y reproducir esos círculos viciosos que es como ver a alguien muriendo y no hacer nada; apelar solo y exclusivamente a las luchas pequeñas como el veganismo, la deconstrucción y el lenguaje inclusivo, que es como ver a alguien muriendo de cáncer y suministrarle una aspirina para el dolor; o anexar estas micro-luchas con la disputa por un nuevo mundo, que es como suministrar la aspirina, aplicar radioterapia e investigar nuevas formas de evitar y tratar el cáncer. Creo en esto último, porque creo en la validez del uso del lenguaje inclusivo como creo en el feminismo reaccionario que se emputa y arma asonadas cada que el machismo se hace presente. Creo en esto porque creo en la validez del veganismo y un estilo de vida austero en el consumo como creo en la marcha hacia el desmonte del neoliberalismo y la tecnocracia como premisas teóricas e impulsoras de prácticas detrimentales al medio ambiente como el extractivismo, la anomia jurídica en el campo ambiental, el libertinaje de empresa y el consumismo empedernido.

Creo en todo lo que busca transformar a las instituciones sociales de concreto, ladrillo y acero (ej. Familia tradicional y el Estado) en diáfanas bóvedas de cristal y espejo que nos muestren la realidad y exponen que son reflejo de nuestros males porque así es realmente arde nuestra sangre en rabia y somos capaces de atacar las, de quebrar el cristal y de destruir nuestras prácticas inundadas de estiércol, para no vernos reflejados en los espejos restantes del cambio como nuestras prácticas viciosas: puros y físicos bollos de estiércol.

Por: Juan Camilo Bustos

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