Conocía los síntomas del amor: el filtro de sus ojos cambiaban, su corazón palpitaba compulsivamente y el desasosiego que le inundaba el pecho era incontrolable. Los había sentido al lanzarse de lleno en la incertidumbre de un saludo virtual, y al esperar una respuesta que se tardaba en llegar. Contestó, pero a diferencia de su expectativa, respondió insulsa, sin interés y con desgana. No obstante, no se rendía ante la pantalla ni fracasaría en el arte de ser un buen conversador.
Duró semanas, acechandola en persona, pero limitándose a sentir la calidez de su tertulia detrás de una pantalla. Se ilusionaba con su presencia, con el recuerdo fugaz de aquel vestido cian que lo había sobrecogido y había cuestionado su timidez.
Su familia había notado el cambio inmediatamente, habían percibido el nuevo filtro de su vida, que había cambiado de un gris oscuro a un cian intenso. No obstante, continuaba con su hambre de internet, su actividad en redes se aumentó imperceptiblemente, sin apenas notarlo. Idealizó su primer encuentro y encauzó la conversación para que llegará más pronto que tarde, insistiendo en la posibilidad hasta que la cita se concretó y la fantasía se materializó para él.
Él llegó cual lo acordado, pero ella nunca apareció. La certeza de su encuentro y la duda ante su ausencia aumentaron su zosobra. Su cabeza se llenó de ideas que trataban de normalizar la ausencia; una parte de él se tranquilizaba, la otra auguraba lo peor. Cuando llegó inquirió el por qué de su falta, para luego comprobar una de las conjeturas que había supuesto: se le había olvidado. La perdonó comprensivo, e intentó retomar de nuevo el animado hilo de conversación. Ella respondió de manera fría, indiferente, como el primer día, para luego soltarle que una nueva ilusión había llegado a su vida, una ilusión que no coincidía con la de él. Se negó a la verdad, buscó una salida razonable pero se encontró de lleno con la realidad y con lo lamentable de su situación.
Volvió a su constante melancolía, a la conciencia de sus irreconciliables problemas filosóficos y a lo monotono de su rutina. Su carácter hermético imposibilitó el acercamiento de sus padres, cuya rutina además era un intinerario de peleas absurdas y pueriles. Le dolió el novedoso desinterés de su madre, aunque sabía que le dolería más a ella y a la pretendida, cuando irrumpieran en su cuarto y lo encontraran con un tarro de cianuro en la mano, agonizando en el limbo de la muerte.
Por: Cristian Dulcey.
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