El trabajo es algo inherente a la actividad humana, manifestándose de múltiples formas a lo largo de la historia. En consecuencia, se han formulado cientos de teorías que tratan de racionalizarlo para explicar su funcionamiento y la manera en la que debería llevarse a cabo. Dos modelos diferentes acerca de su funcionamiento se impusieron en el siglo xx: el capitalista y el socialista.
El primero propone un modelo en donde impera el librecambismo y la libertad para escoger trabajo, así como la acumulación de capitales y medios de producción; el segundo trata de rescatar valores propios de la dignidad humana, enarbolando la bandera de la igualdad en detrimento de la existencia de clases sociales y miembros de la sociedad que hagan una excesiva acumulación del capital y que ostenten arbitrariamente los medios de producción, para evitar generar una gran brecha. Décadas después de la caída del muro de Berlín y de la desaparición de la Unión Soviética (golpes contundentes contra el socialismo), se impuso el estándar capitalista, que a día de hoy se mantiene en occidente.
Los exponentes de la visión económica de tipo capitalista, afirman que esta se dinamiza y se fortalece gracias a la existencia de la propiedad privada y del libre mercado, han vendido una idea de trabajo que desde mi punto de vista considero errada, sosteniendo que este permite acceder a condiciones de vida dignas, en donde la sociedad es feliz. Esta columna tiene por objeto ser la antítesis de esta visión, resaltando los elementos presentes en la realidad que nos permiten desmentir las falacias propias de la idea de vida que nos quieren vender.
Como lo mencioné anteriormente, el capitalismo resalta la necesidad de que el Estado tutele la propiedad privada, además del librecambismo que permite que la economía naturalmente se incline a la estabilidad. Para que la economía fluya, además, el Estado debe, en principio, no intervenir con excesivos aranceles a los propietarios y a los comerciantes, de manera que puedan contratar mano de obra que permita el óptimo dinamismo que debe tener el mercado. En este sentido, la clase obrera juega un papel importante, siendo la base para sostener este modelo y un indispensable partícipe de su funcionamiento. No obstante, a pesar de las múltiples regulaciones que buscan hacer justa la relación de subordinación patrón-empleado, las condiciones del trabajador son irrespetadas y precarias, prestando su fuerza de trabajo a cambio de retribuciones paupérrimas que no le alcanzan para mucho.
A medida que se crean nuevas tecnologías no solo se desplaza la mano de obra (limitándose la participación humana en la creación material) sino que se expande esa industrialización que genera una sobreproducción que busca una alta demanda. Este proceso hace que cada vez más la especie humana se vea desplazada por el uso de aparatos inteligentes que hacen en corto tiempo y de mayor calidad el trabajo a realizar. Un ejemplo de lo anterior, que resulta adecuado para dimensionar el alcance de la tecnología, fue cuando en Inglaterra los empleados de diferentes empresas textiles, en plena revolución industrial, se rebelaron dañando la maquinaría que realizaba de manera más sistemática la producción de ropa. De la misma forma, solo para poner un ejemplo propio de nuestra cotidianidad, en los portales de Transmilenio el uso de máquinas expendedoras de pasajes se ha vuelto habitual y busca expandirse.
Sumado a lo anterior, resulta conveniente hablar ahora de las condiciones del proletariado en la actualidad colombiana. Para hacerlo tenemos que tener en cuenta que se distinguen dos tipos de trabajo: el formal y el informal.
El primero en un principio, respeta la jornada laboral mínima, así como un salario mínimo que dadas las condiciones es insuficiente para cubrir las necesidades básicas ordinarias*. Empero, encuentro que esas “condiciones laborales” configuran una lamentable realidad a la que se ve sometido el trabajador promedio, volviéndose un esclavo del trabajo gracias a que se ve obligado a satisfacer sus necesidades vitales. Pensemos por un momento en la realidad de miles de usuarios de Transmilenio que toman el servicio a las seis de la mañana: soportan el cotidiano recorrido matutino, acompañados del caos propio del Transmilenio, víctimas de robos, apretones, acoso sexual, ineficiencia en el servicio y muchas más deficiencias propias del transporte capitalino. Luego llegan a un trabajo probablemente monótono y sistemático en el que tienen que estar la mayor parte de su día, para al final tener la esperanza de cubrir sus gastos con el exiguo sueldo que les llega. Al final de su lamentable itinerario tienen que llegar a su hogar para intentar descansar, durmiendo poco para tener que levantarse al día siguiente a continuar. Ahora, se tiene que tener en cuenta que esto les sucede a los pocos afortunados que tuvieron la oportunidad de conseguir un empleo formal. Según las últimas cifras reveladas por el DANE, en Colombia el desempleo va en aumento, de la mano de la informalidad, que obliga a las personas a buscar a toda costa ingresos para su subsistencia.
Lo anterior para mí no configura la vida digna que nos ha vendido el modelo capitalista, solo perpetúa las condiciones favorables de unos pocos. Lo paradójico del asunto es que la expansión de la industrialización y la sistemática producción creó una hambrienta sociedad de consumo cuyo último fin en la vida es comprar lo que promocionan las grandes multinacionales y cuyos principales partícipes son los mismos trabajadores. Temo que llegará un punto (así como sucedió con el socialismo), en el que este modelo entrará en crisis por la inviabilidad de su proyecto. No creo que estemos tan alejados de ese momento.
*No obstante tecnócratas como el actual Ministro de Hacienda de Alberto Carrasquilla han dicho en el pasado que “el salario mínimo es desastrosamente alto”. Ver: https://www.semana.com/economia/articulo/alberto-carrasquilla-dijo-que-habia-que-reducir-el-salario-minimo/574949
Foto recuperada de: http://abelgalois.blogspot.com/2006/06/los-rascacielosel-vrtigo-de-una-foto.html?m=1
Por: Cristian Dulcey
El primero propone un modelo en donde impera el librecambismo y la libertad para escoger trabajo, así como la acumulación de capitales y medios de producción; el segundo trata de rescatar valores propios de la dignidad humana, enarbolando la bandera de la igualdad en detrimento de la existencia de clases sociales y miembros de la sociedad que hagan una excesiva acumulación del capital y que ostenten arbitrariamente los medios de producción, para evitar generar una gran brecha. Décadas después de la caída del muro de Berlín y de la desaparición de la Unión Soviética (golpes contundentes contra el socialismo), se impuso el estándar capitalista, que a día de hoy se mantiene en occidente.
Los exponentes de la visión económica de tipo capitalista, afirman que esta se dinamiza y se fortalece gracias a la existencia de la propiedad privada y del libre mercado, han vendido una idea de trabajo que desde mi punto de vista considero errada, sosteniendo que este permite acceder a condiciones de vida dignas, en donde la sociedad es feliz. Esta columna tiene por objeto ser la antítesis de esta visión, resaltando los elementos presentes en la realidad que nos permiten desmentir las falacias propias de la idea de vida que nos quieren vender.
Como lo mencioné anteriormente, el capitalismo resalta la necesidad de que el Estado tutele la propiedad privada, además del librecambismo que permite que la economía naturalmente se incline a la estabilidad. Para que la economía fluya, además, el Estado debe, en principio, no intervenir con excesivos aranceles a los propietarios y a los comerciantes, de manera que puedan contratar mano de obra que permita el óptimo dinamismo que debe tener el mercado. En este sentido, la clase obrera juega un papel importante, siendo la base para sostener este modelo y un indispensable partícipe de su funcionamiento. No obstante, a pesar de las múltiples regulaciones que buscan hacer justa la relación de subordinación patrón-empleado, las condiciones del trabajador son irrespetadas y precarias, prestando su fuerza de trabajo a cambio de retribuciones paupérrimas que no le alcanzan para mucho.
A medida que se crean nuevas tecnologías no solo se desplaza la mano de obra (limitándose la participación humana en la creación material) sino que se expande esa industrialización que genera una sobreproducción que busca una alta demanda. Este proceso hace que cada vez más la especie humana se vea desplazada por el uso de aparatos inteligentes que hacen en corto tiempo y de mayor calidad el trabajo a realizar. Un ejemplo de lo anterior, que resulta adecuado para dimensionar el alcance de la tecnología, fue cuando en Inglaterra los empleados de diferentes empresas textiles, en plena revolución industrial, se rebelaron dañando la maquinaría que realizaba de manera más sistemática la producción de ropa. De la misma forma, solo para poner un ejemplo propio de nuestra cotidianidad, en los portales de Transmilenio el uso de máquinas expendedoras de pasajes se ha vuelto habitual y busca expandirse.
Sumado a lo anterior, resulta conveniente hablar ahora de las condiciones del proletariado en la actualidad colombiana. Para hacerlo tenemos que tener en cuenta que se distinguen dos tipos de trabajo: el formal y el informal.
El primero en un principio, respeta la jornada laboral mínima, así como un salario mínimo que dadas las condiciones es insuficiente para cubrir las necesidades básicas ordinarias*. Empero, encuentro que esas “condiciones laborales” configuran una lamentable realidad a la que se ve sometido el trabajador promedio, volviéndose un esclavo del trabajo gracias a que se ve obligado a satisfacer sus necesidades vitales. Pensemos por un momento en la realidad de miles de usuarios de Transmilenio que toman el servicio a las seis de la mañana: soportan el cotidiano recorrido matutino, acompañados del caos propio del Transmilenio, víctimas de robos, apretones, acoso sexual, ineficiencia en el servicio y muchas más deficiencias propias del transporte capitalino. Luego llegan a un trabajo probablemente monótono y sistemático en el que tienen que estar la mayor parte de su día, para al final tener la esperanza de cubrir sus gastos con el exiguo sueldo que les llega. Al final de su lamentable itinerario tienen que llegar a su hogar para intentar descansar, durmiendo poco para tener que levantarse al día siguiente a continuar. Ahora, se tiene que tener en cuenta que esto les sucede a los pocos afortunados que tuvieron la oportunidad de conseguir un empleo formal. Según las últimas cifras reveladas por el DANE, en Colombia el desempleo va en aumento, de la mano de la informalidad, que obliga a las personas a buscar a toda costa ingresos para su subsistencia.
Lo anterior para mí no configura la vida digna que nos ha vendido el modelo capitalista, solo perpetúa las condiciones favorables de unos pocos. Lo paradójico del asunto es que la expansión de la industrialización y la sistemática producción creó una hambrienta sociedad de consumo cuyo último fin en la vida es comprar lo que promocionan las grandes multinacionales y cuyos principales partícipes son los mismos trabajadores. Temo que llegará un punto (así como sucedió con el socialismo), en el que este modelo entrará en crisis por la inviabilidad de su proyecto. No creo que estemos tan alejados de ese momento.
*No obstante tecnócratas como el actual Ministro de Hacienda de Alberto Carrasquilla han dicho en el pasado que “el salario mínimo es desastrosamente alto”. Ver: https://www.semana.com/economia/articulo/alberto-carrasquilla-dijo-que-habia-que-reducir-el-salario-minimo/574949
Foto recuperada de: http://abelgalois.blogspot.com/2006/06/los-rascacielosel-vrtigo-de-una-foto.html?m=1
Por: Cristian Dulcey

Comentarios