En el siglo de la revolución tecnológica, de la divulgación de lo esotérico, sin mucho análisis sería uno capaz de afirmar que esta condición fomenta la independencia, el aprendizaje y una ampliación en la cosmovisión de cada individuo. Aunque logrados en cierta medida -claramente depende del sujeto en cuestión-, en diversas facetas suelen preponderar los efectos negativos que la digitalización conlleva. En este breve texto solo pretendo centrarme en la repercusión desfavorable que experimentamos en el área ideológica y que queda patente en la polarización contemporánea. Si bien es cierto que esta opinión es simplemente eso, una opinión, y que por su naturaleza subjetiva no pretende ser una afirmación axiomática, ni tampoco es mi objetivo retratarme como un adalid de la independencia y la sabiduría, sí considero que puede servir como guía para el que se sienta aludido.
Actualmente es complejo refutar un hecho que paulatinamente se viene haciendo más notorio: dejamos la actividad de reflexión y gestación de una opinión política e ideológica propia a terceros. El trabajo intelectual de analizar cada coyuntura, cada hecho, por más diáfano que parezca, el trabajo intelectual de hilvanar multitud de hipótesis tras oír una noticia u opinión, tomarse el tiempo debido para tratar de entender el trasfondo de lo manifiesto son aspectos que han de ser imperantes en la sociedad moderna del conocimiento. La realidad es otra. La influencia que ejercen los detentadores de la información -llámese políticos, noticieros, entre otros- resulta cada vez mayor, el protagonismo que tienen en el moldeamiento de nuestros ideales y como se contagia está creciendo a un ritmo exponencial. Sin embargo, la culpa no recae tanto en los medios y la manipulación que puedan ejercer, sino más bien gravita hacia nosotros, que escuchamos con ingenuidad y con mayor ingenuidad replicamos.
Seguir ciegamente a cualquier caudillo, siendo él nuestra única fuente de información, también es un tema preocupante. Y aunque sea un error muy humano, no existe nada más vergonzante que hacerle apología a un “influenciador”, “ídolo”, etc., sin importar las circunstancias, eso solo refleja una falta de autonomía digna de lastima, propia del oscurantismo. Los políticos populistas tienen la facilidad de atraer muchos incautos. Como ya todos saben, y a manera de ejemplo, actualmente hay dos personalidades influyentes, siendo los ismos más comunes, que son Petro y Uribe. Y sí, tanto Petro como Uribe representan extremos; apoyar ciegamente a extremistas lo convierte a uno en fanático; ser fanático se traduce en una pérdida de racionalidad. Simple silogismo. Esa secuencia lógica lastimosamente es difícil de deducir ya que, naturalmente, como afirmaba Spinoza, somos propensos a sobreponer nuestros sentimientos, deseos y voluntad de poder al pensamiento racional. Yo mismo he caído en esa trampa estúpida de defender a un líder político ante cualquier adversidad y prohijar sus afirmaciones sin cuestionarlo de manera previa. Cabe aclarar que el fanatismo hacia los caudillos no surge por la falta de conocimiento o ignorancia, ya que hoy en día se disponen de muchos mecanismos digitales de fácil acceso para informarse, la cuestión es cómo y con qué fin nos informamos. De nada sirve informarse si predeterminadamente se tiene un sesgo ideológico que impide analizar los hechos. De igual forma, sería infructuosos informarse si ya algún partido o persona nos dice que pensar con antelación. Análogamente, experimentamos lo mismo, pero con el noticiero de nuestro agrado, llegando al punto de nutrirnos de unilateralidad y parcialidad. Lo ideal es examinar las noticias desde muchas perspectivas, basados en datos y hechos ciertos que me permitan generar conclusiones objetivas y no solo quedarse con el titular de Última Hora Colombia que vimos en Instagram.
El factor final que promueve la dependencia y falta de autonomía ideológica son las mayorías. Objetar cualquier punto de vista que es sustentado por gran parte de nuestro círculo de amistades puede ser visto como una empresa imposible, y hasta en cierto grado, ridícula. Muchos son los que discrepan de las mayorías, de hecho, todos y cada uno de nosotros adquirimos con el paso de los años convicciones únicas, ya sea por coyunturas personales o principios éticos, que nos imposibilitan estar eternamente de acuerdo con algunas corrientes de moda. Pero desafortunadamente, la presión ejercida por las mayorías nos lleva a reservar los puntos de vista, argumentos y contrargumentos a nuestro fuero íntimo, y de esa forma, pasar desapercibidos mientras somos arrastrados por el caudal que eventualmente nos llevará a ser parte del infinito aluvión. De ninguna manera censuro el ser mayoría, multitud de veces, consciente e inconscientemente, nos hallamos inmersos en ella en muchos aspectos de nuestro diario vivir. El punto es el siguiente: se puede ser mayoría sin ser masa.
Espero estas cortas líneas incentiven y fomenten un breve autoanálisis y la posibilidad de exteriorizar su verdadero punto de vista. Ser escrupulosos, y si la situación lo amerita, escépticos. El rol que juegan los medios de comunicación, los políticos populistas y las mayorías no puede actuar como impedimento para el desarrollo de un pensamiento independiente. El origen de los debates es eso, pensar diferente al resto. El generar debate, aunque pueda que tengamos opiniones diametralmente opuestas, terminará en algún grado generando consensos; lo que mueve al mundo son los consensos.

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