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Caída Herida, Ascenso Rojo [1/2]

La separación trágica de tú retrato y mi mirada. Eso fue lo que sentí que estaba sucediendo  cuando me pediste la foto que te había tomado frente a la puerta de mi casa. Más que la foto, percibí que me estabas arrancando del pecho el recuerdo de ese día en el que juntamos nuestros labios por vez primera y, con él, todos los segundos que vivimos en conjunto a lo largo de este corto tiempo en el que fuimos. La separación trágica de tu sonrisa vacilante ya era suficientemente dolorosa como para cargar con ella. Pero no, en cuanto te veía difuminarte sonriendo y desfilando esos dientes preciosos, recordé  que tu partida estaba envuelta en un ambiente que me era insoportable. La ciudad quebró sus ollas por el mal gobierno, los privilegios empezaron a cuestionarse. Ante esa barricada, los ermitaños atornillados a la dictadura del privilegio movilizaron por vez primera sus voces en pro de que todo se mantuviera igual, hicieron temblar sus atrofiadas gargantas contra toda acción que pretendiera democratizar su privilegio de paz, acumulado en sus cuerpos colmados de gula. Lubricaron su oxidado engranaje estatal para movilizar sus tropas hambrientas de asesinar la voz de quienes estaban denunciando. Fue infructuoso. La saliva expulsada entre arengas se vio envuelta en lenguas de fuego que pintaron el amanecer rojo que se avecinaba como un trueno, ya no como cuadro de museo o algún mamotreto subversivo. La sensación de descontento fluyó en mayor armonía y fue sumando a la patria pasos cada vez más fuertes y encuentros cada vez más voluminosos. 

Esa atmósfera recubría mi vida cuando te veía cada vez más distante. Era increíble. En tan poco tiempo había estallado la noche dormida del descontento en sincronía con la fugaz estrella de tu desengaño. Era de día y de noche al mismo tiempo, los astros desfilaban junto al sol, la milicia opresora huía de la avalancha de quienes no soportaban ser gotera y optaron ser la corriente furiosa del río revuelto. Ya cuando desapareciste detrás del firmamento caí en cuenta que era yo de nuevo, que ya me tenía que ocupar de mi bulto de carne para regresar a casa caminando cuanto antes. De todas formas no me molesté en caminar, ya tu ausencia me había hecho canalizar el disparate de pensamientos alborotados y colindantes en mi cabeza hacia la huelga general. Apenas tuve tiempo para sacar mis conclusiones de estos días tan alborotados cuando vi venir de donde tú te habías ido una masa de manifestantes que venían hacia mí. Vi allí gente al margen de su vejez, a infantes, adultas e incluso discapacitados, aferrados al primer frente alentando al barrio a huir de la normalidad que estaba siendo alterada, de esa palidez rutinaria que día a día reproducía violencias en pro de la acumulación desmedida de capital.  Estaba postrada en un andén viendo como hacía efecto ese increíble cumplimiento de nuestro anhelo narcótico de la utopía. Veía pasar rostros colmados de cansancio pero sin intenciones de desistir. De lo más remoto del gentío se filtró en mis orejas la voz de una anciana que logré distinguir, luciendo un rango de edad entre los ochenta y la muerte. Quizás por la atención que le estaba prestando y que identificó al mirarme pegó el grito al cielo: 

“Al rugido de este pueblo que es como la brisa ni los montajes, los toques de queda o sus balas lo cortarán. Será más fuerte, soplará con vehemencia acrecentada y aterrizará en más tímpanos de aquellos que aún se muestran indiferentes. Y no será suficiente con chocar con sus orejas, se anidará allí hasta reventarlos a tal punto que se verán forzados a aliviar el insoportable sonido de furia en las calles, escuchando con los ojos y existiendo con sus voces menguadas entre arengas de ésta y todas las malnacidas asonadas”.


Pensé en utilizar esa indiferencia ante la supuesta sacralidad de la vida para combatir en primera línea, pero no. Ni de que me mataran en las calles colmadas de milicos tenía ganas, allí sería una mártir de nuestro sueño y te dolería verme postrada en un andén con una pancarta empapada de sangre recién derramada y aún caliente por el cénit coronando mi caída. Entré al edificio y subí por la escalera en espiral que nadie usaba por ese chillido de metal de otrora que emitía. Llegué a mi piso, busqué la puerta de mi cuartico y la empujé con rabia. Entonces miré por mi ventana, vi pólvora de todos los colores que alguna vez probé entre tus labios. Abajo aún tronaban las voces del reclamo y los improperios dirigidos al gobierno. Yo sabía que tu voz estaba anidada entre esos cantos. Pensé si en realidad quería verte en la siguiente marcha, encendí un Piel Roja y ya cuando el indio estaba apunto de incinerarse entendí. Claro que quería verte. Detrás de toda máquina de cambio en la que me inmiscuía estaba siempre el anhelo de divisarte entre ríos de gente, diluida entre miradas, destacando por ese talento innato tuyo de resaltar esas perlas negras entre tantas miradas escrutando mediocremente la siguiente avenida que habrían de tomarse. Ya hoy era muy tarde. Me desnudé y me eché al colchón tirado en el piso. Me fue difícil encontrar las ganas de dormir, el sueño me lo había secuestrado la convicción de que mañana te encontraría en la concentración de la gran rotonda, la definitiva, la que hace unos meses habíamos conspirado como un plantón y que hoy, en vísperas de la fecha, se había vuelto el día climax de esta efervescencia en la que la patria estaba nadando. Me angustié mucho y solo rogué al dios en el que tú decías creer que me enviara un sueño estético y apacible, algún portal que me llevara a un lugar de calma lejos de ti y nuestra utopía volviéndose realidad sin nuestras manos apretujándose en el trasfondo de tremendo acto, cualquier limosna de escape que me permitiera olvidar mi decisión de lanzarme a la manifestación de mañana para verte por ultima vez. La plegaria me hizo comprender que mi único sueño era soñar en esta noche de zozobra porque, aparte de distraer la conciencia, en mis sueños casi que palpaba mis anhelos de vigilias y mis fantasías reprimidas, ambas cosas obstruidas por el mismo final de esas tragedias: el despertar sin respuesta.  


-Juan Camilo Bustos




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