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Káesimo día de cuarentena


Aunque una estricta y rigurosa formación científica- a la que yo mismo me he arrojado- me brutalice con frecuencia, hay pasos que no pueden ser sino magia, revelación o insurrección natural del orden, el cual pretendemos, en muchas ocasiones, embutirle a la naturaleza sin su consentimiento. Un rampante determinismo busca colarse en mi lente, abofetear sin un ápice de ternura a la belleza, decirme que no que no, que las casualidades no se dan, que eso fue que me estoy volviendo disléxico de mente y pensé en causalidad, no en casualidad. Bah, al diablo con la predictibilidad del mundo, hoy me asaltó lo improbable y quiero festejarlo.

Córranse que viene cayendo una ligera anécdota. Cuidado.

Siempre llega él en los momentos indicados, cuando estoy recogiendo mis partes o cuando las estoy dejando a un lado; viene con una potencia vital indescifrable, una urgencia de remolino que golpea y alivia. Hoy volví a leer a Julio, al Gran Cronopio, al gigantísmo monstruo de lo maravilloso que me visita con cariño cuando me he olvidado de que lo necesito. He agarrado "Salvo el crepúsculo", el último libro que publicó en vida y que funciona a manera de antología poética personal, de almanaque de meopas y pameos. El libro es una reconstrucción de su instinto poético, un homenaje a la poesía, una confesión de un amante que se sabe rendido.
Sufrí mucho para encontrarlo; en todas las librerías de la ciudad se topa uno con gran facilidad la narrativa de Cortázar, no su obra poética, no su corta pero exquisita obra poética. Después de dos años de intensa búsqueda logré dar con él, con una edición gastada y consumida, pero entera, literariamente entera. Por los surcos del azar terminé dejando el libro en mi mesita de noche, en el escritorio, en el estante; vagaba de aquí para allá por todo mi cuarto y no lograba quedarse quieto por más de una semana. Estaba ahí, sin leerse, sin ser leído, sin abrirse; sólo iba y venía recordándome que ahí iba a estar, ansiando mis caricias, esperando cada golpe y cada entonación que escondía tras sus páginas.

 Hoy -en medio de un tedio inmensurable, de unas ganas de vomitar que ya gravitaban determinadas- he desatendido mis estudios de los sistemas coordenados curvilíneos, los osciladores acoplados y las transformaciones de Lorentz: hoy agarré mi tensionado libro y me largué al balcón a leer un poco, a recordarme que sigo vivo. Julio, a la hora de crear la novela que revolucionó su tiempo, exigía un lector activo, un lector que se agarrase de su asiento y acelerara, que escribiera cada frase al ritmo de su lectura, que participase con el corazón en cada obra. Yo, a decir verdad, pocas veces he sido el lector que él reclamaba (y merecía), he tendido a ser un poco esquemático y obsesivamente metódico a la hora de leerle, andando sin la aventura que me proponía. Sus cuentos los leí en orden, como siguiendo una ruta, dejándome llevar por un mapa trazado que anunciaba las maravillas, que era concatenación lógica y desenlace natural. Con sus textos críticos y sus libros-almanaque he sido más juguetón, leyendo vertiginosamente cuando me viene en gana y apuntando a los títulos que me agradan, confiando en mi buen amigo Índice y sus luces. [Llega el frío y quiero entrarme al apartamento, las tripas me cantan y yo estoy demasiado entretenido narrándome mi encuentro como para inmutarme]. Pasé mi mano por la portada un par de veces, palpando las grietas que el tiempo había dejado sobre la carátula; él, majestuosa bestia , iba borrando las primeras letras del título y pelando un poco sus contornos. Le di la vuelta y leí, un poco apresurado, los comentarios que suelen estar en la contraportada, el breve esbozo del libro y los ya clásicos cumplidos al autor. Decidí andar de para atrás el libro, tirando dados imaginarios que me indicaban cuál página leer y cuál no. Si hubiese estado jugando parqués, el cubito habría estado trucado, siempre caía en seis, siempre corría buena suerte. Como era de esperarse, la inevitable intervención del lector me llevó a preferir unos títulos por otros, a decantarme por ciertos matices y ciertos tonos, haciendo frente a los estocásticos procesos y ejerciendo mi ilusión de libertad.

Al avanzar (retroceder) en mi lectura, me di cuenta que el anterior dueño del libro había hecho unos espantosos garabatos alrededor de algunos poemas, rayando displicentemente algunas hojas y encerrando en poco cuidadosos trazos algunos versos. Me molestó un poco que una de mis piezas favoritas, 'Bolero', estuviese manchada por la falta de escrúpulos de ese anónimo antepasado. Seguí dirigiéndome hacia la primera página, pegando brincos abismales y luego arrastrándome caracolescamente, buscando en la oscuridad la espontaneidad que siempre he saboreado en Julio. Noté que el libro está poblado de epígrafes, en donde, confesionalmente, Cortázar agradece e invoca. Julio abre (o cierra, en mi caso) con finas citas de variados poetas, en los que se encuentran Aragon, Pizarnik, Keats o Mallarmé. Llegué a 'Java', poema que me inquietó desde su superficie, intrigándome por el significado de su título. Hasta donde yo tenía entendido, Java era un lenguaje de programación orientada objetos y nada más, nada más. Busqué en internet el significado de un verso que se encontraba al interior del poema, el cual repetía la palabra java en un contexto que no era del todo claro o inmediato. "C'est la java de celui qui s'en va", "Es la java de aquel que se va", algo casi críptico. Además, cuando buscaba el significado de java, el todopoderoso Google me botaba cursos de programación en la cara, recordándome que en tercer semestre retiré esa clase para poder inscribir Filosofía Antigua. El primer significado no tecnológico que encontré se refería al café filtrado, ayudando un poco pero dejándome, de todas formas, colgado. Luego de hurgar un poco más me topé con que el verso estaba sacado de una canción de Patrick Bruel, en la cual se refería a la java como un baile, lo que solucionaba mi inquietud. Seguí cangrejeando y me di cuenta que en la página inmediatamente anterior estaba inscrita mi respuesta; Julio clarificaba que "escuchaba un java parisiense" y eso permitía deducir el carácter  musical de ese arrume de letras. Reí y me dispuse a escuchar la canción, la cual me agradó bastante. Unos vientos bogotanos después me topé con un poema que ya conocía, 'After such pleasures', el cual no me perdonaría el no ser transcrito.

"Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas
ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas."

Recordé los ríos metafísicos de 'Rayuela' en los primeros versos y luego pensé en 'Último Round', el libro en el que leí por primera vez este poema. Al pensar en este último libro me acordé de dos poemas más, muy íntimos míos, que resuenan angelicales siempre que celebran el pensamiento: 'Noticias del mes de mayo' y 'Los dioses', dos poesías de locura. En un ataque de soledad dije en voz alta "quiero leer 'Los dioses' ", como si alguien me escuchara, como si a alguien le importase. Precipité mi mano al libro, tantee sus hojas deslizando mi pulgar en una esquina y barajando las páginas con una arbitrariedad de ensueño, disfrutando de los mimos del papel. Abrí nuevamente el libro en una página al azar y quedé deslumbrado, atónito, maravillado: ¡Los dioses se encontraban ante mí! ¡El poema estaba justo allí!

"Los dioses van por entre cosas pisoteadas, sosteniendo
los bordes de sus mantos con el gesto del asco.
Entre podridos gatos, entre larvas abiertas y cordeones,
sintiendo en las sandalias la humedad de los trapos corrompidos,
los vómitos del tiempo.

En su desnudo cielo ya no moran, lanzados
fuera de si por un dolor, un sueño turbio,
andando heridos de pesadilla y légamos, parándose
a recontar sus muertos, las nubes boca abajo,
los perros con la lengua rota,
a atisbar envidiosos el abismo
donde ratas erectas se disputan chillando
pedazos de banderas."

Agradecí a Julio por haber escuchado mi ofrenda verbal, me ajusté en la silla y sonreí; sonreí en estos tiempos oscuros de encierro incierto, celebré la casualidad de sentirme vivo entre tanto muerto y continué con mi lectura.


Por: Daniel Fajardo

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