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Dos Poemas Para la Encerrona


Amaneció Encerrado 

Amaneció,
el viento sopló los pastos y los sacó del sopor,
el rocio matutino los adornó,
el sol siguió su ruta y las nubes se asomaron sin pena,
nosotros y nosotras no;
amanecimos en encierro,
nos amaneció encerrado.

Nos dimos cuenta de nuestros cuartos y nuestras casas,
de sus muebles pacientes como lápidas,
de sus ventanas frías y solitarias,
quizás ya un poco sucias de lluvias del pasado que no les 
limpiamos,
perpetuas pantallas de un paisaje que poco veíamos y que hoy ya nos cansamos de ver,
de las cocinas entregadas a grasas aferradas a sus baldosas,
de su aire tan reconfortante ahora turbio y agobiante,
nos dimos cuenta que podían ser un infierno,
nos dimos cuenta también de quienes no las tienen,
quizás nos dimos cuenta que en todo caso nunca tuvimos una pieza o una casa a la cual llamar hogar.

Amaneció encerrado y nos dimos cuenta de la fragilidad de los días,
del otro y la otra al lado, arriba o enfrente, 
del barrio y de sus gentes, 
nos dimos cuenta que escuchan música, cocinan, cagan, gritan, 
que ahora se duermen más tarde de lo que se despiertan,
que son, que sienten.

Nos dimos cuenta con quien vivíamos
y si no había otro u otra o si les despreciábamos nos dimos cuenta de nuestra soledad,
que se nos apareció arrunchada con más confianza,
decidida a que esta vez sí venía para quedarse.

Nos dimos cuenta de que tanta queja y reclamo por nuestra salud no era caprichoso sino imperante,
nos asqueó con más ahínco saber que con ella especulan, prestan, venden, ganan y negocian.

Nos dimos cuenta de lo que puede ser la vida en una celda,
motines y tropeles hicieron ver lo que nadie quiere ver,
que son humanos y humanas quienes respiran tras los penales, 
que quizás no escuchan mucha música y si escuchan no es la que les place, 
que quizás poco cocinan, que seguramente cagan y gritan,
que quizás duermen cuando pueden y despiertan cuando se les ordena,
que son, que sienten.

Nos dimos cuenta de lo que puede ser la vida en un zoológico,
dando vueltas por los mismos andenes y pasillos del hogar,
nos sentimos impotentes de no poder tocar el sol afuera de nuestras paredes,
despertamos, comimos, cagamos y a dormir,
hicimos lo mismo de ayer.

Nos dimos cuenta de lo que puede ser la vida de una o un paciente entregado a sus años en un hospital,
tirado en cama viendo las mismas caras,
saludando a los dolores de siempre,
caminando unas cuantas milésimas de metro para mantener las piernas,
esperando una visita que jamás llegará,
soñando de día con recuerdos con los que aún no se ha hecho tregua.

Nos dimos cuenta de lo que puede ser la vida en los montes de guerra,
ahogada en miedo y sedienta de esperanza,
anónima y sin sujetos,
organizada en campamentos fríos, balas y órdenes incomprensibles,
inapelables, 
colmada de pozos de incertidumbre enquistados en el abdomen del uniformado, charcos de miedo por la siguiente bomba que caerá. 

Amaneció encerrado y nos sorprendimos con la ciudad,
con sus calles y sus costumbres muertas,
la escuchamos callada y la saboreamos un poco más humana,
dormida de día, extraña. 

Amaneció encerrado y recordamos besos triviales de antaño,
desempolvamos vivencias con aquel o aquella que besamos por vez última,
pensamos en nuestro último abrazo tenso,
en esa vez que nos apretamos por última vez antes de que así amaneciera,
sentimos el pecho ajeno golpeando el nuestro y el nuestro golpeando al ajeno,
bailando la sinfonía disonante del latido.

Entonces no nos amaneció como siempre,
amaneció encerrado,
como en el campo de guerra, el zoológico, el hospital y la prisión,
amaneció como amanece el cadaver en su cajón. 



Nadie Ama a la ciudad

Tan rápido que se desmorona esta ciudad,
con unas cuantas asonadas,
con muy pocas pestes espontáneas,
con aguaceros que derraman venganzas en sus aguas,
mensajes de ira de sabanas, ríos, selvas, llanuras, sierras y mares propios y propias todas de tierras foráneas,
rencorosas y con razón del daño que la metrópoli les ha suministrado.

Así de fácil se desmorona esta ciudad,
como aquel o aquella desgraciada que se tropieza en su propia ansiedad,
como el gran incendio hijo de la llama pueril escondida entre los rescoldos del tabaco que aún no acaba de quemarse, 
como nuestros corazones que cansados de partirse colapsan en segundos ante el estiércol triglicérido que han soportado por años,
como una sonrisa de espejismo anhelante que desaparece cuando se apagan nuestros sueños.

Así de inmediato es como se derrumba esta ciudad,
casi tan rápido como sus habitantes la olvidan cuando se refugian de ella en sus camas,
definitivamente más rápido de lo que corren las almas en tráfico por sus carreteras.

No se confíen de sus turismos y sus rascacielos,
sus murales tranquilos brochados sobre denuncias en las paredes,
radicalmente neutrales.
No se fíen de sus museos de alcurnia,
de sus gastronomías pulcras y sus bares de buena y mala muerte.

Es una frágil desgraciada,
nadie la quiere en su totalidad,
hay quienes gustan de ella de noche, quienes la admiran de día, quizás quienes la disfrutan con lluvia, habrá siempre quien la ame vestida de sol,
pero nadie la ama adornada con cualquier clima que la vista o desnuda de color.

Con tanto horizonte inescrutable parece eterna,
como la estatua del dictador que cae en picada al asfalto,
tan o más veloz de lo que él demora en morir ahorcado en la plaza que por años ha llevado su nombre,
por supuesto a manos de quienes nunca lo amaron en su totalidad,
que es lo mismo que en manos de quienes nunca lo amaron,
como nadie nunca amará esta ciudad.



Por: Juan Camilo Bustos

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