el pueblo manda, si el pueblo ordena, si el pueblo es
el pueblo y no una multitud anónima de siervos"
Gaitán no vale por su muerte,
vale por sus tesis que a día de hoy aún describen magistralmente el escenario
nacional, teniendo en estos tiempos más vigencia que nunca. Se ha dicho de la
doctrina gaitanista muy poco, en cambio, se ha hablado mucho de su muerte y de
cómo esta redirigió el rumbo del país. En el presente escrito se pretende
resaltar su lectura del país y la fuerza de sus ideas.
A diferencia de sus
contemporáneos, conservadores y liberales, Gaitán no se centró en el país
político que con tanta avidez intelectual y avaricia política manejaban los
caciques de ambos partidos, el caudillo se enfocó en las necesidades que
atormentaban al país Nacional, ese país que no había sido escuchado por la
clase política que con artimañas subrepticias se aferraba al poder, aparentando
superficialmente una preocupación por lo que realmente sucedía en el país. “El
negro Gaitán”, como lo llamaron peyorativamente muchos, supo entender el abismo
existente entre las clases poderosas del país, que toleraban a la oligarquía o
hacían parte de ella, y los pertenecientes a las clases bajas, esos a los que
cada día se les presentaba como una batalla.
A estos últimos se les había prometido una y otra vez, con una resonante
retórica, lo que les había hecho falta de por vida: una vida digna. La clase
politiquera, con propuestas vacuas, había logrado engañarlos durante décadas.
En medio de una dicotomía
absurda, en la que la decisión solo podía limitarse a un color, el país había
vacilado en un interregno de olvido e indiferencia. Ningún partido había
logrado satisfacer del todo los menesteres cotidianos que atormentaban a los
menos favorecidos de la economía nacional. Gaitán, alejándose de la clásica
utopía socialista europea, que lo había seducido en un principio, adoptó un
discurso que coincidía con la situación del país. Buscaba redistribuir la
tierra, los grandes latifundios que durante décadas habían sido sinónimo de
poder político y económico; buscaba cierta igualdad genuina, que no hiciera tan
grande la brecha entre los más acaudalados y los históricamente marginados;
soñaba con un pueblo educado, que materializaría la democracia teórica;
anhelaba una paz que calmaría el desasosiego de los que habían tenido que padecer
los estragos de una guerra bipartidista infructuosa.
¿Qué hubiera pasado si Gaitán
hubiese llegado al poder? No lo sabemos, la naturaleza de la historia es su
carácter impredecible, y tan solo podemos imaginar quimeras añorando un pasado
que pudo ser y no fue. Nunca sabremos el terremoto que hubiera sacudido al país
si la invisible mano gringa no hubiera manipulado un destino que nos
pertenecía, que nos correspondía decidir. Tiempo después vendrían las
estratagemas del partido conservador y del cobarde partido liberal que
decidirían el rumbo del país, conformando un supuesto pacto nacional que en
últimas solo representaba a la burocracia, pero que no representaba los deseos
de las masas que no se veían representadas en ninguno de los dos colores.
El presuntuoso frente nacional le
demostró al país no solo el absurdo de la guerra bipartidista en el pasado,
sino también la incapacidad por parte de las directivas de ambos partidos para
lograr satisfacer las necesidades mínimas del país nacional. La historia nos
demostraría que ninguna de las dos alas era la respuesta, así como tampoco
nunca sabremos qué país tendríamos hoy si Gaitán hubiese logrado llegar al
poder.
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