—¿Lo ven, compañeros?
—preguntó Álvarez, que había ocupado el sitio abandonado un momento antes por
Martínez— ¿Qué podemos hacer ante la fuerza bruta, que se ha desatado sobre las
calles de Timbalí? Por todas partes heridos, muertos… Injusticia y barbarie… Ha
llegado el momento definitivo. Mañana iremos, en manifestación, a pedir una
adecuada solución a nuestros problemas, a solicitar…
—Mañana no ¡Ahora mismo!
La
rebelión, de las ratas
Fernando Soto
Aparicio
¿Usted sabe cuánto costaron los derechos de los que usted goza? ¿Sabe la sangre que le ha costado a la historia el que no estemos encadenados? ¿Sabe sobre cuántos cuerpos racializados, sexualizados y explotados se está recostando su comodidad? ¿Sabe que pasaron siglos de lucha antes de que usted se sentara a mostrar su ignorancia, con opiniones que son eco de ciertos medios oprobiosos? Si usted no exige sus derechos por lo menos tenga la decencia de apoyar a quienes sí lo hacemos.
Los paros paran, creo que es obvio. La economía se afecta porque el lenguaje del dinero es el único que entienden las élites de este país. Es necesario tener en cuenta que si nosotros estamos dispuestos a correr el riesgo de ser asesinados por salir a proteger los derechos de todos los colombianos, es completamente absurdo que les preocupen más las pérdidas materiales que se pueden reponer. Lo que no se puede reponer son las vidas que nos han quitado.
¿Tenemos miedo a morir? Sí, tememos morir por una bala oficial o paramilitar, pero, le tememos más a una sociedad pasiva, a una sociedad a la que parece que no le corre sangre por las venas, aunque el Estado riegue la de sus hijos en las calles. Tememos, sentimos angustia, lloramos a los compañeros y compañeras que han muerto. Sin embargo, mi generación no va a pasar a la historia como la que guardó silencio, que se quedó inmutable en casa en lugar de asumir su papel político, su vocación de participar en la definición de sociedad que nosotros queremos. Este momento en que hacemos historia, en que la democracia es democrática, es triste porque querer un mejor país implica criminalización y convertirse en un blanco militar.
Las noches cubren con su obscuridad al accionar del aparato represivo del Estado que llaman con el eufemismo de “fuerza pública”. A la problemática relación entre ciudadanía y esta parte del Estado, heredada de la doctrina del enemigo interno y la obsesión por perseguir al movimiento social so pretexto de comunismo, se les suman ahora las teorías conspirativas neonazis que vienen de un país dominado por la dictadura más infame del Cono sur ¿Los tintes fascistas del régimen uribista ahora toman la tonalidad que les es natural? ¿Si así los forman qué se puede esperar? ¿Respeto por los derechos humanos? No son manzanas podridas las que nos matan, es una institucionalidad militarizada, ideologizada y podrida ¿Vivimos en un país o en una fosa común con bandera e himno?
Es lógico temer por la vida al saber que desde 2016 se han asesinado más de 900 líderes sociales, es normal sentir angustia en una patria regada con muertos y en el cual se alienta la violencia de los uniformados, e incluso desde actores privados, por miembros del partido de gobierno como Álvaro Uribe Vélez y gobernantes locales como Carlos Maya. El terrorismo en el presente proviene del Estado colombiano. La sangre tiene historia en el país: la Masacre de las Bananeras, el exterminio del gaitanismo y de la UP, la represión contra los obreros de Riopaila, el Estatuto de seguridad, la Seguridad Democrática y los rastros violentos del ESMAD; es imposible describir todas las fechas y los hechos en los cuales el Estado ha matado, solo o con paramilitares, con acciones u omisiones. Al menos hoy la comunidad internacional ve las acciones brutales y llenas de sevicia que se normalizaron en este país.
Las reformas, un florero de Llorente y nada más. Los problemas no están en el desempeño de un ministro, por más que su ignorancia sobre la realidad nacional cause indignación. Los problemas son estructurales. Si se rechaza el proyecto de reforma a la salud no es por amor a la Ley 100 de 1993, es porque se entiende el incremento de privatización que entraña. Si se rechaza la reforma tributaria no es porque vivamos en el paraíso de unas clases medias que se resisten a perder sus privilegios; por el contrario, es la “clase media” pauperizada la que junto a los demás sectores trabajadores inunda las calles. El elocuente Gini de este país es una vergüenza imposible de justificar, ¿quiénes son los mantenidos de este país?
Antes de mirar impuestos a los combustibles o la ampliación de la tarifa general del IVA es necesario revisar el conjunto de gabelas que infestan el Estatuto Tributario y lo convierten en una ratonera al facilitar la elusión y la evasión. Los ricos de este país son unos ladrones, del cerca de 30% que deben pagar por impuesto a la renta quienes tienen ingresos mayores a los 10 mil millones, solo pagan entre el 2% y 1,45%. Según el FMI (que ni para Cabal podría ser una institución de izquierda conspirativa) la evasión del IVA alcanza el 40%, el de renta en personas jurídicas alcanza el 39%. Entre evasión y elusión se crea un faltante de 23 billones: 12 por IVA, 9 por renta y 2 por impuesto al consumo ¿Cómo es que Bruce Mac Master dice sin vergüenza, sin sonrojarse, que se deben vender activos que nos pertenecen a todos? A eso se le suma el hueco fiscal de más de 8 billones de pesos que abrió Duque con sus dos reformas tributarias anteriores. Decir que la clase media es la que debe tributar es un insulto a los colombianos, una bofetada al país, una muestra de para qué clases sociales se gobierna en Colombia.
Pero, ¿cómo podemos esperar la reforma tributaria que requiere este país cuando en el 2018, año de elecciones presidenciales y a Congreso, la Organización Luis Carlos Sarmiento Angulo dio 2450 millones de pesos al Centro Democrático?, por algo los bancos se ceban a costa del país, como mostraron sus ganancias durante la pandemia ¿Qué decir de un impuesto a las bebidas azucaradas cuando ese mismo año Postobón dio 3958 millones a Cambio Radical, 2200 millones al Centro Democrático, 1940 millones al Partido de la U; el ingenio Providencia dio 500 millones a Cambio Radical y 1150 millones al Partido Conservador y el Ingenio del Cauca 1430 millones al Partido Liberal? Resta decir que una reforma progresiva tendría la oposición de ciertos medios de comunicación, no olvidemos que el “noticiero” más tendencioso y parcializado de este país también es propiedad de Ardila Lülle, RCN (Radio Casa de Nariño).
La generación anterior no tiene derecho a decirnos cuál es la forma de ejercer nuestros derechos políticos. Su ejemplo lo que nos ha enseñado es el riesgo de ser borregos en silencio. Una generación que dejó que pasaran varias reformas fiscales regresivas, que permitió el retroceso de los derechos laborales, que ha votado de forma incorrecta a nuestros gobernantes, no es una generación que esté en condiciones de dar clases sobre política y menos a unos jóvenes combativos que luchan para transformar este país.
En el tiempo se hunden
las raíces de las movilizaciones actuales, una década de luchas que muestran el
hartazgo de una sociedad con el modelo económico y político que le imponen. La
MANE en el 2011, el Paro Agrario de 2013, el Paro de maestros de 2015, las
marchas por la paz de 2016, el Paro Estudiantil de 2018, el Paro Nacional de
2019, las movilizaciones contra de la brutalidad policial de 2020, son muestras
de que el problema no es actual, sino resultados de las políticas que vienen de
la última década del siglo XX. El futuro está en pugna en las calles del país,
en la mentes de cada colombiano y en esa mochila de sueños con la que siempre
salimos a marchar.
Por: Sebastián Fonseca Trujillo

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